Somos como piezas de un mismo tablero: lo solemos llamar vida. Sobre él nos relacionamos unos con otros, en encuentros donde salen ganadores y perdedores. No importa ser uno o lo otros: triunfamos siempre para fracasar después, y al contrario.
Como si nos pusieran a prueba, obedecemos a nuestra conciencia ―o a lo que nos queda de ella―. A veces sin orden. Otras… en el caos más absoluto. Somos prisioneros de un único sistema. No importa si estamos en el o no, siempre estamos relacionados entre si, directamente o indirectamente. Necesitamos ser queridos, estar presentes sólo para saciar la inagotable exigencia de nuestra vanidad humana. Pero no podemos sustraernos a determinadas responsabilidades, a compromisos ineludibles: del pasado y los recuerdos se encarga nuestro propio celebro; de nuestra muerte y desaparición, la historia.
El corazón dicta y los sentimientos afloran: con amor, con odio, con desden… Nuestro tesoro más preciado es la verdad, nuestra verdad. Que a veces se disfraza con nuestra mentira. El arte procura acercarnos a esa verdad.
Alejandro Cabeza (29 de Noviembre de 2011)

Hola Alejandro, hace unos dias estube en el museo Revello de Toro y si te pasas por mi blog verás la reseña que hice de mi visita. No te olvides de ir pues vale la pena la cantidad de dibujosy pinturas magníficas. Saludos. Victoria.
ResponderSuprimirDesde luego no se puede negar que determinados rasgos son inconfundibles. Esto me lleva a pensar que cuando la gente dice que mi madre y yo nos parecemos mucho (aunque esto lo decían más bien hace unos años), quizá no exageren tanto como creemos nosotras: que quizá desde fuera se ven cosas que no se perciben con claridad desde dentro. Besos.
ResponderSuprimirLeon, si, creo que lo eres, esta pintura me gusta mucho, tiene algo tan especial, no se.., que sera?
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