La buena samaritana

Salomé Guadalupe Ingelmo, Ensayista española, Crítica literaria, Escritora de literatura infantil, Alejandro Cabeza, Retratistas españoles, Libros de Alejandro Cabeza, Retrato Oficial, Retratos de Alejandro Cabeza, Pintores españoles, Pintor Alejandro Cabeza, Retratistas españoles actuales, Retratistas actuales, Retratistas españoles, Alejandro Cabeza, Revello de Toro, Antonio Lopez García, Cristobal Toral, Eduardo Naranjo, Ricardo Sanz, Hernán Cortés Moreno, Felipe Garín
"La buena samaritana" Óleo Original  73 x 54 cm /  Alejandro Cabeza - 2014


Una vez más, la mano reveladora parece guiarme en la ejecución de este retrato de Salomé. Decido titularlo “La buena samaritana” por lo que su composición y ambientación me evoca. Formalmente también me recuerda a otra sibila pintada por mí, otro retrato de Salomé. No obstante creo que el tema de la samaritana permite introducir nuevos argumentos muy acordes con la personalidad de la modelo: con la visión de la humanidad y la justicia que tan a menudo ha defendido a través de sus textos; con unos principios que yo también comparto.

Todos estos temas provenientes de la tradición mitológica y religiosa griega, así como del mundo hebreo y más concretamente del Antiguo Testamento y los Evangelios, siempre me han atraído poderosamente. Ante esa misma fascinación ha sucumbido la pintura desde antiguo, pues permite dotar a determinados retratos y figuras de un mensaje añadido, de ése algo más que debería rodear al arte. Igual que los grandes maestros de la escuela española ya se inspiraban en argumentos surgidos dos mil años antes de sus periodos históricos, yo siento esa misma llamada de la tradición. Enfrentarse a estos temas implica aprender a admirarlos y sentirlos como propios. Y, lo más importante, enseña al pintor a emprender un acercamiento más humano, hacia lo humano. De alguna forma, es un camino de gnosis e iluminación. Por eso creo que el siguiente fragmento de un relato de Salomé ofrece magistralmente las claves con las que interpretar, en su compleja magnitud, el mensaje que subyace en el cuadro hoy presentado. Como si la Providencia, cuando ella lo escribió hace algunos años, hubiese previsto que un día nuestros caminos habrían de cruzarse y yo daría vida a su alter ego pictórico. Estaba escrito.

“Bienaventurados los sedientos” (fragmento)


―Prodigioso. Las gotas que rezuman y resbalan por la panza del enorme cántaro… Es sin duda vuestro bodegón más soberbio. Qué extraño. Parece casi como si las figuras fuesen saliendo a la luz progresivamente. Como si las tinieblas se fuesen disipando a su alrededor poco a poco, lavadas quizá por esa agua tan cristalina. Así iluminados, parecen casi figuras sacras. No se diría una escena cotidiana. Como si no se tratase de un aguador sino, Dios me perdone si blasfemo, del mismísimo Cristo ofreciendo el cáliz de la redención, el dulce fruto de su martirio y Pasión[1], el néctar de la reconciliación ―comenta sobrecogido.
El pintor sonríe casi imperceptiblemente
―Los puestos de los aguadores son tan angostos que apenas están iluminados. La única luz que llega hasta ellos es la que proviene del patio del corral, y lo hace siempre desde el frente. Por otro lado, como sabéis, el agua es tan valiosa en Sevilla que bien merece un lugar de honor en un cuadro. Porque, en efecto, quien tiene sed debe ser saciado ―se limita a decir.
Mientras conversa con el amigo sigue pintando su hermético mensaje[2]. Concentra su atención en el joven del fondo, el que aún reside en la penumbra de la que el contenido del vaso que apura le sacará en breve, saciándole de unos conocimientos que ni siquiera es consciente de ansiar. Sus ojos buscan después la escena principal, ésa en la que el aguador ofrece su experiencia al muchacho dentro de una copa, encerrada en ese higo, en ese fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal[3], iluminándole como él espera iluminar con ese cuadro a todos cuantos sepan leer la alegoría que encierra. El muchacho mira el evanescente vidrio con reverencia y respeto, embelesado aunque aún incapaz de comprender el secreto tesoro que se le ofrece. Los jóvenes dedos y la piel áspera del hombre maduro se rozan levemente mientras ese precioso testigo pasa de una mano a la otra. El corso tiende con elegancia el fino regalo, siguiendo las instrucciones recibidas del pintor. Sin embargo, algo empaña el gozo del momento. Algo turba al pintor. Algo enturbia el mensaje de su cuadro. Observa detenidamente el perfil anguloso. El gesto desabrido del corso acabará arruinándolo todo
―Procurad parecer un poco menos hosco ―pide sin lograr esconder su disgusto―. Imaginad que la copa que ofrecéis al muchacho no está llena de agua sino de salvación. Imaginad que rebosa la dulce sangre de Cristo.
El corso le mira extrañado, con una singular pesadumbre en el rostro. Porque dentro de ese cáliz primorosamente labrado, en efecto, él no ve agua cristalina sino sangre. Una sangre tan densa que jamás la podrá borrar, tan persistente que toda el agua de Sevilla no logrará lavarla jamás. Una sangre que su perpetuo destierro no podrá compensar.
―Qué has hecho, desgraciado. Corre, no pierdas tiempo en recoger nada.
―¿Qué podría recoger, si nada poseo?
―A partir de ahora ya no tendrás ni siquiera patria. Corre, Giacomo, corre. Si te encuentran, te matarán. Y ellos sabrán buscarte. Huye lejos, lo más lejos que puedas. No habrá perdón, lo sabes. No regreses jamás ―su padre se limita a estrecharlo entre sus brazos fugazmente. Contiene las lágrimas. Ese día pierde a su único hijo para siempre. El agua no correrá más en su casa.
Salta entre los riscos. Con cada zancada maldice ese temperamento que a menudo no es capaz de domeñar. Él, que rara vez se acuerda de Dios, ruega pidiendo recibir templanza un día. Y caridad, toda esa caridad que habría podido salvarle. Una discusión tan estúpida por una oveja, por una oveja que no debería haber bebido en ese arroyo… Y sin embargo, todas las criaturas deberían tener derecho a no pasar hambre ni sed, ahora lo sabe. Ahora, casi treinta años después y mil fatigas después, lo sabe bien. Pero entonces él era sólo un muchacho ignorante, un muchacho estúpido e impulsivo. La sangre se extiende, inunda el arroyo, fluye entre las piedras empapando el suave musgo que las viste y manchando el verde de las orillas. Ya nunca nada será lo mismo. Los colores jamás volverán a estar limpios. Porque jamás habrá redención ni reconciliación consigo mismo.
La voz aterrada del muchacho le salva de sus negros recuerdos.
―Creí que habíais acabado de pintar el agua, señor ―se disculpa el muchacho mientras la copa vacía tiembla entre sus manos.
―Es justo que quien tiene sed sea saciado ―el pintor le ofrece una leve sonrisa.
Y que quien padece hambre sea nutrido ―añade el corso. Extrae el higo maduro de la copa ahora vacía y lo ofrece con inaudita delicadeza al muchacho, como un pájaro alimentaría a su polluelo.
El día que el pintor da la última pincelada, su alma se aflige. El hombre generalmente sombrío, no sabe bien cómo, ha ido librándose de un peso que le aplastaba. En los últimos días ha sido incluso capaz de esbozar la tibia sonrisa que el pintor le pedía. Aunque no sepa precisar muy bien el qué, siente que ese cuadro le ha devuelto algo, algo que nada tiene que ver con el dolor que le ha acompañado toda la vida.
Mientras se disponen a abandonar el taller, escucha a sus espaldas la voz campechana que le agradece de nuevo su diligencia. No sólo les ha pagado bien, sino que además les ha tratado con respeto, les ha devuelto dignidad.
―Aguador, no me habéis dicho vuestro nombre ―grita Velázquez.
El corso se gira en el umbral de la puerta. Podría estar entrando o saliendo. Alguien recién llegado nunca podría saberlo. La mano derecha, apoyada con reverencia en el quicio, en ese símbolo del hogar que él, en el fondo, nunca podrá tener. La mano derecha, sobre la madera, como quien se dispone a jurar sobre el sacro libro.
―Cors… ―el corso duda unos segundos. Su rostro normalmente impenetrable parece revelar un profundo padecimiento. Pero luego, súbitamente, las sombras se disipan y la luz regresa―. Giacomo[4] ―dice con una voz inusualmente clara, tintineante como los arroyos de tierras lejanas.

(Salomé Guadalupe Ingelmo, “Bienaventurados los sedientos”, fragmento. El relato forma parte de la antología personal La imperfección del círculo: https://sites.google.com/site/salomeguadalupeingelmo/textos-en-linea )


[1] La tradición según la cual José de Arimatea recogió la sangre de Cristo crucificado en el cáliz usado durante la Última Cena, el denominado Santo Grial, al que se le atribuirían poderes milagrosos después, aparece citada por primera vez en la obra Joseph d'Arimathie de Robert de Boron, escrita en el siglo XII. Éste, como es bien sabido, pasará a ser un tema central en el Ciclo Artúrico.

[2] Se sigue debatiendo sobre el significado alegórico que el cuadro El aguador de Sevilla pudo tener. Podría tratarse de una alegoría de la caridad o incluso de la prudencia, pero normalmente se considera que representa la transmisión del conocimiento entre las tres edades del hombre. En cualquier caso, sigue sin poderse afirmar si la alegoría es de naturaleza sacra o profana. Quizá, en realidad, en el cuadro se fundiesen ambas.

[3] Sabemos que los aguadores, aprovechando que también vendían fruta, introducían higos en las copas de agua para perfumarlas y hacerlas aún más agradables al paladar. No obstante, dado que el mensaje del cuadro parece ser que la sabiduría ilumina al hombre, la autora ha querido relacionar la presencia del higo con los comentarios de los sabios hebreos sobre el texto bíblico. Muchos de estos estudiosos, ya desde muy antiguo, consideran que el fruto prohibido no fue una manzana sino un higo. Razón por la cual el higo se convertiría en el símbolo de la sabiduría.

[4] La tradición según la cual el aguador del famoso cuadro de Velázquez era conocido como “el Corso de Sevilla” no aparece documentada hasta cuatro décadas después de la muerte del propio Velázquez. Nada se sabe sobre este personaje al que el relato ha pretendido dotar de un pasado. Ni siquiera sabemos si realmente era corso. Por supuesto, no conocemos el nombre del aguador. El nombre italiano de Giacomo, Santiago en castellano, ha sido elegido atendiendo a la tradición según la cual éste apóstol era denominado el “hijo del trueno” por su fogosidad.




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