Azorín

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Retrato de Azorín / Óleo  50 x 40 cm  / 2014 /  Prohibida la reproducción total o parcial



Como si se tratara de uno de esos retratos del siglo XVI: cráneo definido, esculpido por un acentuado claro oscuro. Azorín es personaje de mirada penetrante e inquisitiva, misteriosa como la de la Esfinge, atemporal. Unos rasgos que evocan un pasado aún más lejano del que él mismo habitó. Como si contemplásemos al mismísimo Góngora de Velázquez. Las cuencas de sus ojos, hundidas, y la frente prominente contrastan con esa mandíbula excavada por la edad. Noveita y cuatro años de vida. Azorín se convierte en paradigma de los efectos que la huella del tiempo deja sobre un rostro. Es un modelo para ser pintado y estudiado recurrentemente. Ese rostro aparentemente frágil, cobra en el plano pictórico toda la fuerza que busco en un modelo. 

Son varios los retratos que conservamos de Azorín en las diferentes etapas de su vida. Entre ellos cabe destacar el del vasco Ignacio Zuloaga (Guipúzcoa, 1870 - 1945), que pinta al escritor en su madurez, de perfil ante un paisaje luminoso típico del artista. Quizás este retrato de Zuloaga sea uno de los más populares de Azorín. Siguiendo con autores del norte, encontramos también el retrato de Juan de Echevarría (Bilbao, 1875 - 1931), como el anterior, ambientado al aire libre, aunque siguiendo un canon colorista y más propio del gusto impresionista. El valenciano Joaquín Sorolla (Valencia, 1863 - 1923) ejecutó, por encargo de la Hispanic Society of America con el objetivo de difundir la imagen de los rostros ilustres de la cultura española en America, un retrato muy poco conocido sobre fondo neutro, composición de tamaño natural realizada en grises, caracterizada por una pincelada suelta y espontánea, donde se representa al escritor en su madurez. Más expresionistas y coloristas serian las obras que realizó Genaro Lahuerta (Valencia, 1919 - 1976), composiciones peculiares donde se representa al escritor siempre vinculado a los libros y a la vida literaria. Siguiendo por el litoral levantino, encontraríamos el retrato obra de Adelardo Parrilla Candela (Murcia, 1875 - 1953), un magnifico ejemplo que plasma al escritor en su juventud, cuando aún llevaba bigote, en una composición  muy del gusto académico. De este periodo de juventud recordaría también la obra de corte clásico y tradicional del andaluz Ricardo Baroja y Nessi (Huelva, 1872 - 1956).

A todos estos retratos habría que sumar bastantes dibujos, carboncillos y caricaturas publicitarias, que aun firmadas por artistas destacados de la época o posteriores, no dejarían de ser obras menores.

El mío es un Azorín austero, despojado pictóricamente de todo lo superfluo. He sacrificando cualquier elemento de distracción que pudiese apartarme de lo fundamental: la esencia del ser individuo, del escritor. Una búsqueda que siempre me obsesiona a la hora de pintar  la figura humana.

Alejandro Cabeza 
 

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz (Monóvar, Alicante, 8 de junio de 1873 - Madrid, 2 de marzo de 1967), más conocido por su seudónimo Azorín, perteneció a la Generación del 98 y fue novelista, ensayista, crítico literario y dramaturgo.

A partir de 1905 el pensamiento y la producción literaria de Azorín se instaló en el conservadurismo. Se convirtió en colaborador del ABC, desde cuyas páginas participó activamente en la vida política. Antonio Maura y sobre todo el ministro Juan de la Cierva y Peñafiel se convierten en sus máximos valedores. Entre 1907 y 1919 fue cinco veces diputado y dos breves temporadas (en 1917 y 1919), subsecretario de Instrucción Pública. Contaba ya con una larga trayectoria en la prensa madrileña cuando se incorporó a La Vanguardia como crítico literario. Gracias al empeño del director Miquel dels Sants Oliver, Azorín publicó, en este rotativo, cerca de doscientos artículos entre 1914 y 1917.

Viajó incansablemente por España y ahondó en la lectura de los clásicos del Siglo de Oro. En 1924 fue elegido miembro de la Real Academia Española.

Cuando estalló la Guerra Civil huyó del Madrid del Frente Popular y con su esposa, Julia Guinda Urzanqui, se refugió en Francia. Terminada la contienda, pudo regresar a España gracias a la ayuda recibida del entonces ministro del Interior, Ramón Serrano Suñer, a quien años más tarde (1955) dedicó Azorín «con viva gratitud» su obra El pasado (Biblioteca Nueva, Madrid).

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