Pio Baroja

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Retrato de Pio Baroja / Óleo sobre tela 41 x 33 cm /  Colección particular.


–¿Cuál es su personal definición de la pintura como arte? Su definición en general. Y, en su caso, ¿del “retrato” y del “paisaje”?

Cuenta Plinio que un artista de talento llama­do Pyreicus se hizo célebre pintando cosas hu­mildes: confiterías, zapaterías e interiores de cocina. La gente, indignada de que así se profa­nara la nobleza del arte, dio al pintor el mote despectivo de «rhyparógrafo» (pintor de motivos bajos). Entre esta gente enemiga de la pintura humilde abundaban sin duda tipos de carácter d'annunziano del tipo, que para alguno de nosotros es distintivo de un carácter próximo a la cursilería.

Los pintores del Norte, y sobre todo los fla­mencos, parecen casi todos «rhyparógrafos» y pintaron con delectación cocinas, zapaterías, ven­tas, posadas y tabernas, con sus tipos habituales. Yo también me siento «rhyparógrafo», porque me parece mucho más típica como materia literaria la vida del pobre que la vida del rico. La riqueza es deseable para el que no disfruta de ella; pero como motivo artístico es tan vulgar o más que la pobreza.

Pio Baroja

Considero el retrato uno de los géneros principales en la pintura. ¿Qué actividad puede revelarse más noble que el estudio del ser humano, de nuestros semejantes? Creo sinceramente que tras su práctica se esconde un mecanismo psicológico: la búsqueda de muchas de las preguntas sin respuesta. La complejidad del ser humano es tan grande que, por esa misma razón, resulta merecedora de un profundo análisis. El acercamiento a lo humano puede hacernos mejores y más nobles. En nuestra imperfección, alimentamos la obsesión de encontrar alguna perfección. Y eso es lo que consigue el arte. Cada retrato refleja una parte de vida que el artista ha de extraer del modelo. Y el pintor ha de saber advertirla, captarla y plasmarla. Por eso, lo que la gente vea en mis retratos, eso serán. Y muchos ven cosas en ellos. Mensajes que aspiro a trasmitir. Esto demuestra que, en efecto, esos retratos están justificados y realmente sirven.


El paisaje, por el contrario, podría considerarse la otra cara de una misma moneda. Ambas, indisolublemente unidas: no existe creación sin destrucción. El arte no puede prescindir de ellas, de ninguna de las dos: ni de lo humano ni de lo natural. Como animales que somos, la naturaleza está dentro de nosotros, en nuestro instinto. Si el ser humano encuentra toda su trascendencia en la pintura, la madre tierra se convierte en el escenario perfecto de su grandiosidad. 


(Ediciones COMOARTES, Colección Contemporáneos del Mundo 29, Serie Indagación sobre la memoria y el juicio, Madrid/México D. F., 2013.) “La pintura es memoria humana y fruto” 

Caballero con sombrero

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Retrato de Caballero - Autorretrato con sombrero / Óleo sobre tela 46 x 38 cm / Alejandro Cabeza / 2019 


En cierta ocasión, un “medio-pintor” me preguntaba, qué porque me pintaba autorretratos puesto que es un género de poca utilidad para la venta. Mi contestación fue contundente: porque es bueno, es interesante, porque me gusta y puede resultar revelador. Es un género que siempre se ha practicado a lo largo de la historia. Es gratuito, altruista con uno mismo, liberador y despreocupado. Educa y muestra verte como lo hacen los demás, -si una persona pudiese hablar con otro yo igual, se mostraría tan extraño y enriquecedor a la vez-. El que lo practica, encuentra otro concepto muy distinto del arte para alcanzar otras perspectivas de la pintura. Porque está impregnado de un sentimiento personal, a veces desgarrador. Porque el oficio irremediablemente te lleva a ello. Porque cada pintor tiene cosas dentro de una mirada pudiéndolas sacar a través de un reflejo. Porque puede ser un punto de partida. Son mi huella, mi reverberación. Porque quizás te enseña a valorarte. Y, sobre todo, porque el autorretrato tiene algo de libertad que hace a los pintores más viscerales con sus obras, eso vale mucho en pintura. Y esto tiene su propia paradoja, “con lo que menos vas a ganar es con lo que más vas a ganar”.

Me he pasado media vida viendo cuadros, de unos y de otros, aquí y allá. He visto trabajos descuidados, desprovistos de mensaje, pintados con aparente indiferencia, grandes proyectos frustrados, cosas absurdas y, a veces, desagradables… Y todos ellos tenían un elemento en común: todos esos cuadros, casualmente, estaban rodeados por espectadores que los aclamaban como si de grandes obras de arte se tratase. Y todo para que luego muchos de esos autores abandonasen la pintura y se dedicasen a otros menesteres. Descorazonador. Aunque por otro lado los buenos pintores quizá salgan beneficiados de esta circunstancia: cuanto más grises se muestren algunos autores, más brillarán, indirectamente, los verdaderos maestros.

La formación de un pintor es producto de la experiencia y la trayectoria personal; pero también, y mucho, de las lecturas sobre arte que se hayan realizado y de cuánta pintura se haya visto. Muchas de las cosas que he aprendido en mi carrera como pintor, las he aprendido en los libros. Sobre todo, porque quienes escribieron esos libros pasaron antes que nosotros por nuestras mismas vicisitudes u otras muy similares. Aunque a veces la interpretación de esos textos se vuelve muy compleja. Los libros de color, por ejemplo, resultan difíciles, física pura. Casi parece como si se hablara en otro idioma.

La escuela también se revela fundamental en la formación de un buen pintor. Yo tuve la suerte de contar con excelentes profesores, e intenté aprovechar sus enseñanzas. No existe libertad sin formación previa.



Jorge Luis Borges

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Retrato de Jorge Luis Borges / Óleo sobre tela 55 x 46 cm / Colección particular 2013

Jorge Luis Borges es uno de los escritores más importantes del siglo XX. Su obra incluye cuentos, ensayos y poemas. Sus ideas políticas fueron muy polémicas, lo cual se cree que conspiró en contra de que obtuviese el Premio Nobel de Literatura. Obtuvo el Cervantes en España en 1979. Entre sus poemas podemos encontrar "Poema de los dones", "Los justos", "Ausencia", "Ajedrez", "Los espejos" y "Los Borges". Se le recuerda como un escritor obsesionado con el tiempo, la eternidad, el infinito, el destino, los espejos, los laberintos

En 1919, después del fallecimiento de la abuela materna, la familia Borges marchó a España. En un primer momento se instalaron en Barcelona y luego se trasladaron a Palma de Mallorca. En esta última ciudad Borges escribió dos libros que no publicó: "Los ritmos rojos" y" Los naipes del tahúr".

1938 fue un año trágico para Borges, ya que muere su padre de un ataque de hemiplejía (una enfermedad motora), y también, él mismo, tiene un accidente, golpeándose la cabeza con una ventana, lo que lo llevó al borde de la muerte. Pero se pudo recuperar favorablemente. A partir de 1955 Borges empezó a quedarse ciego progresivamente como consecuencia de la enfermedad congénita que había ya afectado a su padre.

A la muerte de la madre del escritor y ante la invitación de una universidad estadounidense, una joven discípula de ascendencia oriental, María Kodama, viaja con él y se convierte en su secretaria. María a los doce años había conocido por primera vez a Borges en persona. Desde 1975 Kodama fue el lazarillo del escritor y su inseparable compañera ocupando el lugar que dejó doña Leonor. Él tenía 76 años, ella alrededor de veinte. Jamás se tutearon.

María y Borges contrajeron matrimonio en abril de 1986 mediante un poder en Paraguay, 49 días antes de la muerte del escritor ocurrida en Ginebra el 14 de junio de 1986. El ya estaba muy enfermo. Borges dejó de existir en Ginebra (Suiza) en la mañana del 14 de junio de 1986 a consecuencia del cáncer de hígado que se le había detectado tiempo atrás.

El retrato muestra a un Borges del ultimo periodo. En una composición horizontal donde recorto la figura en la posición de frente para así evitar los desequilibrios de una mirada perdida a consecuencia de la ceguera. Al mismo tiempo, rectifico la desigualdad de sus ojos y sus gesticulaciones irregulares para darle un aspecto mas joven y equilibrado, aspectos estos a tener en cuenta a la hora de retratar. El resultado se muestra en un retrato suelto, preciso, renovado, muy al estilo ingles, que es al fin de lo que estaba orgulloso y presumía en sus gustos.


Miguel Delibes

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Retrato de Miguel Delibes / Óleo sobre Tela  46 x 38 cm / Colección particular 2013


Miguel Delibes fue uno de los autores mas destacados de la literatura española. Gran conocedor de la fauna y el mundo rural, apasionado de la caza. En sus obras supo plasmar todo lo relativo a Castilla, sus gentes y paisajes. En 1973,  Delibes fue elegido miembro de la Real Academia Española.

Delibes era una de esas personas que siempre encerró un calor humano de sencillez, me atrevería a decir que tanto o igual que Ana María Matute o la vallisoletana Rosa Chacel. Estas personas destacaron precisamente por esto. El retrato refleja al abuelito que todos hemos tenido o nos hubiera gustado tener. A ese vecino, ya mayor que vive en nuestro portal, que esta solo y lo vemos salir todos los domingos a dar una vuelta. Al tío Maties de Benlliure que siempre andaba por el campo con sus cosas y distracciones, o aquellos otros personajes que pintaba Adelardo Covarsí por sus tierras extremeñas llenas de alegóricos atardeceres.

El retrato de Miguel Delibes, es sencillo, amable y suelto, intentando encontrar la esencia de su personalidad. A modo de boceto directo y con una velocidad de vértigo se muestra una forma de trabajar muy valida para pintar un retrato. Sin necesidades de un natural sobrevalorado he obtenido estos resultados nada desdeñables. Es un buen camino a seguir aunque yo a la pintura siempre acabo exigiéndole mas. El retrato de Delibes es un retrato póstumo, como tantos otros. Mi pasión creativa se acerca a su paisaje interior mediante mi corazón, consiguiendo una obra llena de virtudes.

Me acuerdo de aquellas aptitudes tan acérrimas de muchos autores entorno a la forma de pintar, con argumentos basados en que había que trabajar del natural, solo del natural. Siempre me costó entender aquellas posiciones tan cerradas, cuando la mía, era más bien adaptarse, según que trabajo y diferentes circunstancias, usando todas mis armas o recursos a la hora de realizar un retrato o paisaje tanto del natural como de una fotografía. Pero habría que preguntarles a toda la élite de impresionistas franceses porque después de ese afán por salir al "plein air" y tantas horas de trabajo terminaban en el estudio para definitivamente acabar sus pinturas, o porque se generaban tantos retratos de la aristocracia latinoamericana a autores europeos mediante fotografías desde la otra parte del mundo. O mejor todavía, porque tantos defensores del naturalismo acaban aceptando retratos a base de fotografías. A todos estos, habría que preguntarles porque la creatividad les vale tan poco a igual que la imaginación.

El naturalismo de nuestro periodo ya no nos ofrece una gran calidad en la vida cotidiana, más bien todo lo contrario, degeneración en la misma. En cuanto a la pintura, si un autor no sabe interpretar una pincelada desde una fotografía es que tampoco sabe interpretarla, ni en su cabeza, ni en su memoria, y menos aun en su paleta. La única realidad cierta es que nos gusta demasiado las tradiciones en la mayoría de casos mal entendidas, para darnos diferencias personales ante un publico lleno de nostálgicos clichés.


Miguel de Cervantes

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Retrato de Miguel de Cervantes / Óleo sobre tela 116 x 89 cm /  Colección
 Museo Nacional del Teatro de Almagro / Alejandro Cabeza 2019

Miguel de Cervantes Salavedra fallecía en 1616 convirtiéndose así en uno de los mayores exponentes literarios del siglo de oro de las letras españolas. En 2017, La Real Academia de la Lengua, manifiesta, que el simbólico retrato de Miguel de Cervantes realizado por Juan de Jáuregui que encabeza el propio salón de actos de la academia, y el ejemplo que representaba su rostro durante siglos no lo realizo Jáuregui, si no de un pintor del siglo XIX. Lo cual nos vuelve a un estado primigenio de la realidad misteriosa de la vida del escritor.

Uno de los autores más capacitados con claros ejemplos de retratos a escritores del siglo de oro fue Velázquez. Siempre me he preguntado como en la producción Velazqueña nunca hubo un acercamiento hacia Cervantes como los tuvo sobre las figuras de Luis de Góngora o Francisco de Quevedo. Sospecho que en 1616 Velázquez tenía en torno a 17 años y nos encontrábamos ante un artista prematuro, que solo empezaba a pintar, circunstancia que de esta manera alejaba esa posibilidad de haberle hecho un retrato al escritor.

Tras estos últimos años llenos de investigaciones sobre sus restos y homenajes hacia su figura y Tras esta declaración de la Real Academia de la Lengua, lo único que parecía cierto y se acercaba a su rostro de una manera única, se torna un tanto oscuro y apartado de la realidad. Motivo por lo el cual obtengo una nueva dosis creativa y emprendedora de querer intentar realizar una nueva versión. Versión que a mi juicio encuentro al más alto nivel de todos los que he realizado hasta el momento.  

Tenía claro y quería un retrato narrativo, que contara algo… que nos invitase a pensar… y a conocer… que nos pudiera hablar de alguna manera. La pintura nos puede ofrecer estos mecanismos si se saben realizar con sutileza. Pinto, pues, a un Cervantes anciano, de pelo canoso, nariz aguileña, y mirada penetrante, como el mismo se retrataría en sus novelas ejemplares. Se me antoja un Cervantes con sombrero, como el de los antiguos soldados de su época, al fin y al cabo también lo fue. Y sobre todo, un Cervantes narrador de historias, que nos quiere enseñar algo escrito sobre un papel. Con el dedo de su mano nos señala un manuscrito y el comienzo de algo. Mano difusa, indefinida, más bien parece un muñón, mano que no es otra mas que la mía dramatizando su gesto. Un Cervantes de negro, profundo de misterio y justicia pictórica. Un Cervantes que nos muestra su rostro con recelo de lo que la propia historia y el tiempo han hecho de el.

Puedo decir, acerca de mis retratos realizados sobre el escritor, todos tienen algo el uno del otro, recreando de esta manera mi imaginativo personal. Que de igual modo que el imaginativo colectivo, si realizase otro, este último tendría parte del precedente, y así sucesivamente. En la creatividad todo se hereda en cierta forma. De esta manera encuentro una proximidad a la realidad o la verdad, según se mire. Defino este retrato como el mejor que he realizado de su figura y con el cierro este pequeño ciclo.

El retrato se suma a los fondos del Museo Nacional del Teatro de Almagro donde será expuesto en una de sus salas. Retrato que es acogido con gran entusiasmo y fascinación, por el personaje que es y la calidad pictórica que rebosa él lienzo.

Ana María Matute

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Retrato de Ana María Matute / Óleo sobre tela 116 x 89 cm / Alejandro Cabeza 2019.

Ana María Matute, que en la década de los sesenta había enseñado el español como lectora en diversas universidades norteamericanas, fue nombrada miembro de la Real Academia Española en 1998. Aunque en 2010 se le concedió el Cervantes, ya en 1976 había sido propuesta para el Nobel. Porque Matute fue, sin duda, una de las escritoras españolas de mayor prestigio internacional.

Como me sucede casi siempre con los autores contemporáneos, más aún cuando se trata de mujeres, no encuentro, al margen de alguna caricatura que seguramente no hace justicia al personaje, ninguna representación iconográfica publica. Y, como otras veces, me digo que esa falta ha de ser reparada.

Sin escatimar esfuerzos y tras realizar algún boceto previo, abordo un cuadro que en breve se revela de extrema complejidad. Pintar a una mujer de muy avanzada edad, cuyo deterioro físico resulta ya patente, puede llegar a implicar graves problemas pictóricos e incluso podría dar lugar a peculiaridades improcedentes en un retrato. Sin embargo, es justamente en esta etapa de su vida donde más mediática se hizo. Y ciertamente, el recuerdo entrañable que el público guarda de ella a esa edad sugiere que sería la opción más razonable para inmortalizarla.

Teniendo en cuenta todos estos factores, en mi retrato procuro buscar el equilibrio: intento llegar a un pacto entre la imagen que guardamos de ella en nuestro recuerdo y la vivacidad y lozanía de una madurez avanzada pero en absoluto decadente. Quiero que mi Ana María sea una ancianita entrañable, pero aún vigorosa y activa, de mirada vivaracha, como la de las niñas y niños que ella tanto amaba. Además, deseo regalarle en este retrato serenidad y sosiego a esta mujer en constante lucha con la vida. Sin privarla de su sensibilidad y ternura, quiero reflejar toda su fortaleza interior. La pinto, pues, en pleno periodo de creación literaria, vestida con un abrigo blanco, como una paloma que se dispone a alzar el vuelo. Sostiene un libro abierto entre las manos como invitación a la lectura y la reflexión. Seguramente esté pensando que, aunque la vida es compleja y a menudo nos macera a golpes, nunca hay que rendirse; que el trabajo, el sacrificio y la constancia han de acabar trayendo alegrías que compensen las decepciones.

Cuando reflexiono sobre el equilibrio artístico, a menudo, inevitablemente concluyo que impera el polo opuesto, porque es enorme el desequilibrio que encuentro en el arte e incluso en la propia vida. Pienso en todas las personas sin merito alguno que justifique los puestos que ocupan. Salvo, en el mejor de los casos, virtudes tan dudosas como la charlatanería o la falsedad. Personas de mal comportamiento que han sabido medrar gracias a las (falsas) apariencias y el postureo. A costa, naturalmente, de otras que, en cambio, a pesar de toda una vida llena de méritos, talento y sacrificio, han visto sus legítimas aspiraciones truncadas en favor de esos indeseables embaucadores, parásitos al fin y al cabo.

Creo que retratos como este, de alguna forma, vienen a equilibrar esa funesta balanza en la que los escritores y pintores honestos siempre tienen las de perder frente a impostores y farsantes. Por que hoy en día, lamentablemente, el mundo del arte es tierra abonada para estas especies carroñeras.


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