Francisco Suay Martínez

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Retrato de Francisco Suay Martínez / Óleo sobre tela 55 x 46 cm / Alejandro Cabeza 2018
Colección Museo de Cuenca


Francisco Suay Martínez (Valera de Arriba, 1918 - Cuenca, 2006), personalidad conquense que dejó huella en la capital y provincia por su gran labor como investigador de la arqueología local, ejerció también la enseñanza en el Colegio del Carmen.

Este retrato se suma, por tanto, a mis precedentes trabajos sobre arqueólogos españoles: Maximiliano Macias (Museo Nacional de Arte Romano), Marcelino Sanz de Sautuola (Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira), Jesús Carballo Garcia Taboada (Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria), Dimas Fernández-Galiano (Museo de Guadarajara), Emeterio Cuadrado Díaz (Museo Arqueológico Regional de Madrid), José Antonio Lasheras (Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira), Pedro Ibarra Ruiz (Museo Arqueológico y de Historia de Elche) o Blas Taracena Aguirre (Yacimiento Arqueologíco de Clunia en Burgos), entre otros.

La obra, realizada en armonías claras, capta al retratado en un contraluz suave que potencia el contorno de la figura, en la que resaltan las gafas de pasta negra tan representativas de su tiempo. El acabado marcado por una simplificación suelta alienta el deseo de contemplar una pintura más grande y compleja, tarea difícilmente abordable dado el escaso y deficiente material fotográfico sobre el personaje a disposición.

El retrato de Francisco Suay se incorpora al patrimonio del Museo de Cuenca, que acoge con gran entusiasmo esta representación de quien fue una de sus figuras más queridas.

El Museo de Cuenca está situado en la llamada Casa del Curato, en el casco antiguo de la ciudad. Inaugurado en 1974, cuenta con tres secciones: Arqueología, Etnología y Bellas Artes. La exposición permanente integra salas dedicadas a la Prehistoria, la Edad del Hierro, arqueología clásica, periodo tardorromano, medieval y moderno. En ellas se muestran diferentes piezas halladas en los más importantes yacimientos de la provincia, que acompañadas de textos, imágenes y maquetas nos ayudaran a conocer mejor cada periodo de la historia de Cuenca.

José Serrano

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Retrato de José Serrano Simeón / Óleo sobre tela 46 x 38 cm / Colección Particular


José Serrano Simeón, también conocido como maestro Serrano, nació en Sueca el 14 de octubre de 1873 y falleció en Madrid el 8 de marzo de 1941. Autor, entre otras, de las famosas zarzuelas La reina mora, La canción del olvido, La dolorosa y Los claveles, se le considera el heredero musical de Federico Chueca. A lo largo de su vida compuso más de cincuenta zarzuelas.

Esta obra presenta una cabeza de ejecución muy vigorosa y espontánea. Es el segundo retrato que le dedico al compositor valenciano. Comparando con el realizado por mí en 2014, a pesar de las evidentes diferencias ‒entre otras cosas, en el que ahora presento retrato al músico en su juventud‒, advierto, sorprendentemente, las mismas virtudes en los dos. Y es que en el rostro de Serrano encuentro rasgos muy especiales ‒casi anacrónicos‒ que además evocan la pintura de los grandes maestros españoles del Siglo de Oro. El impecable bigote y la mirada sugerente de este singular creador, figura esencial en la música del siglo XIX, recuerdan algunos retratos de Velázquez, tan magistralmente pintados. Algo similar me sucedió con mi representación de Azorín, en el que las cuencas hundidas y la frente prominente recordaban al Góngora de Velázquez; si bien este retrato de Serrano se acerca más, diría yo, a lo velazqueño e incluso a los maestros holandeses. 

Sólo conozco un retrato del Maestro Serrano realizado por el autor valenciano Alfredo Claros García (Valencia, 1893 - Sueca, 1965). En él se representa al compositor de medio cuerpo, con una chaqueta blanca, caminando por una playa valenciana a plena luz del día, sosteniendo un cigarrillo en una mano y con la otra metida en el bolsillo del pantalón. Se trata de un retrato colorista y luminoso, muy representativo de la forma de pintar de este autor.  Cabe mencionar también el monumento en bronce que se le dedica en la avenida Antiguo Reino de Valencia, obra del escultor Octavio Vicent. Creo que ni la pintura ni la escultura han representado suficientemente la figura este excelente músico tan querido e interpretado en Valencia.

Ángela Ruiz Robles

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Retrato de Ángela Ruiz Robles / Óleo sobre tela 55 x  46 cm / Colección Museo Pedagógico de Galicia 


El retrato de Ángela Ruiz Robles se incorpora a los fondos del Museo Pedagógico de Galicia (MUPEGA), que, devoto de quien fue una de las mujeres españolas más destacadas y singulares del siglo XX, lo acoge con gran entusiasmo.

Ubicado en La Coruña, en Santiago de Compostela, el Museo Pedagógico de Galicia es un museo dependiente de la Consellería de Cultura, Educación e Ordenación Universitaria de la Xunta de Galicia. Este centro específico del Departamento de Educación y Orientación Universitaria tiene por objetivo la recuperación, salvaguarda, estudio y difusión de todas aquellas expresiones educativas que ponen de relieve la variedad y riqueza del patrimonio pedagógico gallego, posibilitando así su catalogación sistemática. De esta forma, el museo garantiza su permanencia en el tiempo, alienta su investigación científica y promueve su transmisión como legado vivo y en continua evolución.

Realizo el retrato basándome en una de las encasas fotografías de la docente a mi alcance. Respetando la sencillez de su figura, con la intención de capturar y reavivar la chispa del talento que la mirada revela fugazmente y a menudo pasa desapercibida a la fotografía, me esfuerzo por recrear, mediante el espacio y el color, una atmósfera sugerente y al tiempo sobria, discreta como la propia retratada.

Ángela Ruiz Robles (Villamanín, 28 de marzo de 1895 - Ferrol, 27 de octubre de 1975) engrosa las filas de esas mujeres y hombres que, a lo largo de sus vidas, con trabajo y dedicación, se esforzaron por cultivar sus verdaderas vocaciones, y que a cambio fueron injustamente olvidados o escasamente reconocidos.

Ángela Ruiz Robles fue maestra y formó a otras muchas mujeres y hombres que siguieron sus pasos. Comprometida no sólo con sus alumnos sino también con toda la comunidad y preocupada por la formación de los adultos, en su tiempo libre daba clases gratuitas nocturnas en la Escuela de San José Obrero, a la que asistían trabajadores de los astilleros. Además de su vocación docente, doña Ángela se convierte en inventora al poner su talento a disposición de novedosos métodos didácticos que se materializan en la Enciclopedia Mecánica, precursora del libro electrónico y destinada a facilitar el aprendizaje mediante la catalogación práctica y asimilable de los conocimientos en poco espacio, esfuerzo que fue premiado por el Gobierno aunque sus desvelos por implantar el nuevo ingenio se vieron en buena medida frustrados. No obstante, queda el ejemplo de constancia que nos ofrece esta maestra, autora de numerosos libros de texto e inventora adelantada a su tiempo.

Julio Abad Saiz

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Retrato del escultor Julio Abad Saiz / Óleo sobre tela 100 x 73 cm / 2018 Colección particular


Son ya tres los retratos de escultores realizados por mí: el de Francisco Serra Andrés (Valencia, 1924-2002), amigo y compañero al que pinté en 2001, el del legendario escultor extremeño Enrique Pérez Comendador (Hervás, 1900-1981), que pasó a engrosar la colección del Museo de Bellas Artes de Badajoz en 2015, y este que presento  hoy de Julio Abad Saiz, figura representativa del arte conquense. 

Sin embargo, son muchas las obras de mi etapa valenciana que, de una forma u otra, ya tempranamente, me aproximaron a la escultura. Entre ellas, los diferentes estudios sobre figuras ‒El Palleter o La pescadora, ambas en el Museo de Bellas Artes de Valencia, por ejemplo‒ de Emilio Calandín Calandín (Valencia 1870-1919), y mis paisajes de jardines y parques poblados por abundantes estatuas.

A medida que pasan los años, mi acercamiento a la escultura es cada vez mayor. Muchos de los cuadros que he pintado me han dado pie a estudiar y admirar las estatuas o bustos de personajes ilustres magistralmente ejecutados por una infinidad de autores, que a menudo yo mismo he tomado en consideración a la hora de realizar mis propias obras. De esta manera, donde la representación fotográfica era escasa o nula, esa labor escultórica se ha revelado especialmente útil. La escultura puede convertirse, pues, en una fiel aliada para la pintura. La escultura, con la atracción poderosa que ejerce sobre mí, aporta a mi pintura, a modo de revelación, una forma de mirar diferente, una aproximación más directa y real a la hora de analizar la figura humana en todo su esplendor.

En una atmósfera íntima, con la libertad y naturalidad que aporta el pintar a un colega ‒algo muy diferente a lo que generalmente sugiere un encargo‒, este retrato representa a Julio Abad en una composición de medio cuerpo, con utensilios de pintor. En una mano sujeta una paleta que se pierde en el fondo y en la otra, un pincel. Qué mejor forma de rendir homenaje a un escultor que primero quiso ser pintor. 

Este retrato, donde me he permitido toda la clase de licencias que generalmente caracterizan mi pintura, muestra una soltura homogénea en todos los sectores del cuadro. Una visión fugaz y sintética ‒a veces casi esquemática‒ en el conjunto de la obra facilita que el espectador se concentre en el rostro del modelo, que es lo que en definitiva realmente me interesa.

Las composiciones metapictóricas o las alegorías sobre del oficio del pintor siempre ‒especialmente en mis autorretratos‒ me han atraído como fórmula de rendir homenaje al arte y a una tradición que parece en riesgo de extinción en nuestros días. Este género nos hace recordar cuál es la verdadera esencia de nuestro oficio. Que el arte, si se tocan las teclas correctas, nos conmueve y puede ser incluso atemporal. Que lo que gracias a la formación y la experiencia somos capaces de realizar, a su vez nos provee de redoblado impulso y creatividad para abordar nuevas obras.

Julio Abad Saiz nace en Cuenca en 1949. Se define a sí mismo como un escultor figurativo autodidacta que desde muy pequeño se interesó por el arte en sus más diversas formas. Ya a temprana edad comenzó a dibujar los personajes de las películas que veía en el cine. En su adolescencia, mientras se forma en esta disciplina, empieza a destacar en la asignatura de dibujo. No obstante, quedó fascinado al contemplar cómo un escultor moldeaba el barro con sus manos. Es este el momento en que entra por primera vez en contacto con la escultura y descubre su habilidad para dar forma a los volúmenes. 

Abandonada la pintura, Julio Abad Saiz realiza su primera escultura en la academia Granero de Cuenca: el busto de una compañera de curso. A partir de ahí y tras realizar un curso de elaboración de moldes en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, influenciado por escultores clásicos ‒como Miguel Ángel, Bernini o Mariano Benlliure y Gil (Valencia, 1862-1947)‒  e imagineros conquenses ‒como Leonardo Martínez Bueno (Cuenca, 1915-1977) o Luis Marco Pérez (Fuentelespino de Moya, 1896-1983)‒, desarrolla su gusto por el retrato y la figura humana. Así, a lo largo de estos años, ha realizado diversas exposiciones, tanto individuales como colectivas, por toda Castilla-La Mancha, y son numerosos los encargos modelados por él que embellecen la ciudad de Cuenca y sus cementerios.



Armando Palacio Valdés

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Retrato del escritor Armando Palacio Valdés /  Óleo sobre tela 100 x 81 cm /
Colección Universidad de Oviedo / Alejandro Cabeza

Armando Palacio Valdés, hijo predilecto avilesino, novelista y crítico literario y teatral, se dejó fascinar por la escena ya en la adolescencia. Entonces, con sólo trece años, en la Nochevieja de 1866, actuó en un teatro situado en la calle La Cámara. Palacio Valdés formó parte también del elenco de El juglar, una obra escrita por su amigo Clarín. Allí acabó su breve carrera como actor, pero conservó el amor por las representaciones toda la vida. En Madrid, donde se codeó con actores y directores, siguió acudiendo al teatro con asiduidad. De hecho las referencias teatrales abundan en sus novelas. El Cuarto Poder, por ejemplo, comienza en un teatro y el primer capítulo se titula “Se abre el telón”.

El pasado 11 de diciembre, un retrato de uno de nuestros escritores más internacionales pasó a engrosar la colección de la prestigiosa Universidad de Oviedo. Con ocasión de ese hecho, entrevistamos al autor del cuadro.

Armando Palacio Valdés se me antoja el paradigma perfecto del autor relegado que tanto me desconcierta, y que me empujó a poner en marcha este proyecto de, por decirlo de algún modo, rescate iconográfico de grandes talentos literarios, que muy recientemente se ha visto ampliado a figuras meritorias en otros ámbitos del saber.

Aún en vida, Palacio Valdés, hubo de soportar el olvido al final de sus días. Parece que Durante la Guerra Civil, en Madrid, donde residió desde su traslado en 1870 para estudiar Derecho, lo pasó bastante mal. Ya enfermo, él, que había tenido una vida privilegiada y había cosechado reconocimiento y fama, llegando a pertenecer incluso a la Real Academia Española, conoció el hambre y el desamparo. Los hermanos Álvarez Quintero le hacían llegar los víveres que podían reunir; al final fueron su única fuente de ayuda hasta su muerte en 1938, con 84 años de edad. Me parece un gran ejemplo de la ingratitud que la sociedad a menudo reserva para sus cerebros o sus talentos más destacados, y es esa injusticia la que precisamente yo intento paliar con mis obras.

Junto con Blasco Ibáñez, con quien curiosamente comenzó este proyecto pictórico hace ya más de una década, Palacio Valdés es nuestro autor más internacional, especialmente traducido al inglés. En nuestro país fue objeto de homenajes a principios del siglo XX. Se hizo tan popular que, a la muerte de Galdós, fue considerado Patriarca de las Letras Españolas. Sin embargo, fuera de su Asturias natal, actualmente, a pesar de ser autor muy prolífico, los lectores españoles no parecen muy familiarizados con su figura. Estas cosas me turban profundamente.

Fragmento de la entrevista:

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