José Zorrilla y Moral

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Retrato de José Zorrilla y Moral / Óleo sobre tela 130 x 97 cm /  Alejandro Cabeza 2018 
Colección del Museo Nacional del Teatro 

Con este retrato de José Zorrilla, piedra angular del  teatro español, abordo uno de los escasos autores del romanticismo pintados por mí. La obra se incorpora al patrimonio del Museo Nacional del Teatro de Almagro, que cuenta ya con cinco retratos míos de dramaturgos españoles: Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, 1916 - 2000), Federico García Lorca (Granada, 1898 - 1936), Lope de Vega  (Madrid, 1562 - 1635), José Zorrilla y Moral (Valladolid, 1817 - 1893), y Max Aub Mohrenwitz (París, 1903 -1972).

Son pocos los retratos de José Zorrilla que conozco. Entre ellos podríamos diferenciar dos grupos: los que lo representan en una juventud desenfadada y vital, con variadas fisonomías entre grabados y fotografías, y los que le representan en senectud, que muestran mayor homogeneidad iconográfica. Precisamente este ha sido uno de los aspectos más delicados a la hora de tomar una decisión para la realización de mi retrato. Inclinándome por su madurez, he querido, sin embargo, rendir homenaje al vallisoletano evitando la decrepitud de la vejez. Como si de un palco teatral se tratara, lo represento con abrigo negro, sentado en una silla castellana, observando de medio perfil. El resultado sugiere un Zorrilla expectante, atento, sano y creativo. En definitiva, la obra se me antoja llena de intenciones que trascienden la mera representación de un ilustre personaje del que, por otro lado, no he encontrado ningún retrato realmente destacable desde el punto de vista pictórico.

José Zorrilla nace en 1817, en Valladolid, y muere en 1890.  Es el principal representante del romanticismo medievalizante y legendario. En 1833 ingresó en la Universidad de Toledo como estudiante de leyes, y en 1835 pasó a la Universidad de Valladolid. Sus primeros versos vieron la luz en el diario vallisoletano El Artista.

En 1837, Zorrilla inició su producción teatral con Vivir loco y morir más. Alcanzó su primer éxito con El zapatero y el rey (1840), a la que siguieron El eco del torrente (1842), Sancho García (1842), El molino de Guadalajara (1843), El puñal del godo (1843), Don Juan Tenorio (1844) y Traidor, inconfeso y mártir (1849). En estas obras trata temas tradicionales o del Siglo de Oro. También escribió tragedias a la manera clásica, como Sofronia (1843).

En 1846 viajó a Burdeos y París, donde conoció a Alejandro Dumas, George Sand, Teófilo Gautier y Alfred de Musset, que dejarían en él una profunda huella. En 1865 marchó a México, donde fue protegido del emperador Maximiliano I, que lo nombró director del Teatro Nacional.

De regreso a España (1866), Zorrilla se casó con la actriz Juana Pacheco. En 1871 viajó a Roma y en 1882 ingresó en la Real Academia. De estos años son Recuerdos del tiempo viejo (1880-1883), La leyenda del Cid (1882), El cantar del romero (1883) y Mi última brega (1888). Fue coronado como poeta en el alcázar de Granada (1889) por el duque de Rivas, en representación de la reina regente.

Magdalena

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María Magdalena / Óleo sobre tela 65 x 54 cm / Colección particular 2018.

Mira hacia lo alto, hacia donde su voluntad aspira. Desde aquí abajo, llegar a ellas parece casi imposible. Ansiosa, dirige su vista hacia las cumbres: enormes y lejanas. Inalcanzables e inaccesibles… sólo en apariencia. Porque ella sabe –la experiencia se lo dice– que en pocas horas habrá tocado el cielo. Con la práctica ha aprendido que cada cosa requiere su tiempo, que la disciplina todo lo puede. En unas horas, ni siquiera tantas, estará allí arriba, en esa meta que hace apenas un suspiro parecía remota. Y ya no importará nada de lo dejará abajo. Porque es el ahora lo único que cuenta. Quedarán atrás amarguras, desencantos y traiciones. Arriba, lejos del mezquino mundo, mecida por el viento y protegida por las ramas, será ingrávida e intocable. En el camino, habrá aprendido a conocerse a sí misma. En el camino, se habrá vuelto recia como lo pinos que coronan las cumbres y generosa como los castaños que cobijan audaces vuelos. Pues Ella –el mejor ejemplo–, con níveo traje nupcial en invierno o vestida de invicto verde en verano, siempre acoge maternal al peregrino.

Mientras, abajo quedará el hombre. El hombre, que siempre defrauda. El hombre que, en su torpeza, sólo sabe construir efímeros paraísos artificiales. Por eso las chispas iluminan el cielo nocturno imitando burdamente el cielo estrellado. Es el resultado del devastador fuego que avanza sobre las cabezas de los bomberos y agentes forestales. El descomunal esfuerzo físico ya no conduce por las fértiles sendas del conocimiento interior, sino por las áridas veredas de difícil acceso en las que han sido encendidas las llamas para que su extinción resulte más compleja. Tal vez, incluso, para poner en peligro las vidas de semejantes que en nada se parecen. La recompensa de esos rostros curtidos y tiznados, de esos individuos esforzados, devastados por el agotamiento y el desconsuelo, en el mejor de los casos, consistirá en salvar el resto del monte y regresar a casa enteros.

Ante la infamia, ante la traición perpetrada una y otra vez por unos pocos y la indiferencia de la mayoría, sólo impotencia. También rabia. En respuesta, tras el extraordinario resplandor, el estremecedor alarido hiende el cielo y retumba entre las paredes rocosas, ahora desnudas y carbonizadas. Sus compuertas se abren y, de lo alto, deja caer el agua para refrescar la reciente herida. Un nuevo diluvio. Tal vez una noble advertencia que el hombre, sordo como siempre a todo lo trascendente, no sabe interpretar. Igual que hormigas, allá abajo, corren a refugiarse. Y como las hormigas, bajo la inmensidad del cielo, podrían ser aplastados un día. Aunque, en su inconsciente arrogancia, siguen abusando de la paciencia infinita.

Contra el cielo, contra el mismo cielo de nuestros padres, se recortan las montañas. Ellas se alzaban aquí mucho antes de nuestra llegada. Y aquí seguirán –incluso a pesar nuestro– cuando nosotros ya no estemos. Son las mismas que vieron los romanos al pisar estas extrañas tierra. Muchos, los mismos árboles –en pié aun viejos– que daban sombra a mi bisabuelo cuando se dirigía a la Chorrera por una senda hoy intransitable. Porque el hombre, en su estupidez e ignorancia, se va confinando entre estrechas fronteras. En lugar de derruirlos, construye muros. Y en vez de abrir caminos, se los cierra.

Textos de :
Salomé Guadalupe Ingelmo, “Cielos de Hervás: Amanece en la noche oscura del alma”, en Cielos de Extremadura. Extremadura en la red: blogs y fotografía de naturaleza, José Manuel López Caballero y Atanasio Fernández García Coords., Dirección General de Turismo Junta de Extremadura – Fundación Xavier de Salas eds., 2017, pp. 226-231.

Blas Taracena Aguirre

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Retrato de Blas Taracena Aguirre / Óleo sobre tela 100 x 73 cm / Alejandro Cabeza 2017 / 


Con este retrato del destacado Arqueólogo Blas Taracena Aguirre ‒integrado en la colección del Parque Arqueológico Ciudad Romana de Clunia, organismo adscrito a la Excma. Diputación Provincial de Burgos‒, sumo uno más a la galería de españoles insignes que han contribuido al engrandecimiento de las letras y las ciencias, proyecto que he venido engrosando en los últimos años.

Inmortalizado en su etapa de juventud, lo represento sentado en una silla castellana: en posición relajada, pero con un porte solemne que le otorga cierta elegancia y presencia a la composición. La mirada, vivaz e inteligente, directa al espectador. Aplico la armonía en amarillos, ocres y pardos que tan buen resultado me ha dado ya precedentemente en otros retratos. Insinuando casi un contraluz con los propios negros del traje, esa tonalidad confiere una atmósfera personal a toda la obra.

Conozco únicamente otro retrato pictórico de Blas Taracena, el que se integra en la galería de directores del Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Aquel, extraído de una de las pocas fotografías que circulan del estudioso ‒donde posa cruzando los brazos‒ y más pequeño que el mío, lo representa ya avanzada la madurez.

Blas Taracena Aguirre (Soria, 1895 - Madrid, 1951) cursó en Madrid, en la Universidad Central, las licenciaturas de Filosofía y Letras y Derecho. En 1915, con tan sólo diecinueve años, aprobó la oposición para el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y fue destinado como director al recién creado Museo Numantino (Soria), haciéndose cargo también del Museo Celtibérico y de la Biblioteca Provincial. Desde marzo de 1936, nombrado por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, actuó, además, como comisario-director de la Escuela de Artes y Oficios de Soria. En el Museo Numantino permaneció, como primer director, hasta 1936. Al año siguiente fue nombrado director del Museo Arqueológico Provincial de Córdoba; entre 1938 y 1939, Inspector General de Museos y, desde 1939 hasta su fallecimiento, siguiendo los pasos de su maestro José Ramón Mélida, de quien ya había recibido colaboración para organizar el naciente Museo Numantino, director del Museo Arqueológico Nacional.

Sus investigaciones, además de Soria, abarcaron Córdoba, La Rioja, Burgos (ciudad romana de Clunia), Palencia y principalmente Navarra. Sus colaboraciones en revistas especializadas, en las que expuso sus excavaciones en estas regiones, son numerosas. Destacan, sobre todo, las correspondientes a Navarra ‒tanto solo, como en colaboración con Luis Vázquez de Parga‒. Desde 1942 hasta el año de su fallecimiento, fueron publicadas en Príncipe de Viana las excavaciones en Cortes de Navarra, Gallipienzo, Echauri, Tudela, Liédena, etc...

Francisco Suay Martínez

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Retrato de Francisco Suay Martínez / Óleo sobre tela 55 x 46 cm / Alejandro Cabeza 2018
Colección Museo de Cuenca


Francisco Suay Martínez (Valera de Arriba, 1918 - Cuenca, 2006), personalidad conquense que dejó huella en la capital y provincia por su gran labor como investigador de la arqueología local, ejerció también la enseñanza en el Colegio del Carmen.

Este retrato se suma, por tanto, a mis precedentes trabajos sobre arqueólogos españoles: Maximiliano Macias (Museo Nacional de Arte Romano), Marcelino Sanz de Sautuola (Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira), Jesús Carballo Garcia Taboada (Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria), Dimas Fernández-Galiano (Museo de Guadarajara), Emeterio Cuadrado Díaz (Museo Arqueológico Regional de Madrid), José Antonio Lasheras (Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira), Pedro Ibarra Ruiz (Museo Arqueológico y de Historia de Elche) o Blas Taracena Aguirre (Yacimiento Arqueologíco de Clunia en Burgos), entre otros.

La obra, realizada en armonías claras, capta al retratado en un contraluz suave que potencia el contorno de la figura, en la que resaltan las gafas de pasta negra tan representativas de su tiempo. El acabado marcado por una simplificación suelta alienta el deseo de contemplar una pintura más grande y compleja, tarea difícilmente abordable dado el escaso y deficiente material fotográfico sobre el personaje a disposición.

El retrato de Francisco Suay se incorpora al patrimonio del Museo de Cuenca, que acoge con gran entusiasmo esta representación de quien fue una de sus figuras más queridas.

El Museo de Cuenca está situado en la llamada Casa del Curato, en el casco antiguo de la ciudad. Inaugurado en 1974, cuenta con tres secciones: Arqueología, Etnología y Bellas Artes. La exposición permanente integra salas dedicadas a la Prehistoria, la Edad del Hierro, arqueología clásica, periodo tardorromano, medieval y moderno. En ellas se muestran diferentes piezas halladas en los más importantes yacimientos de la provincia, que acompañadas de textos, imágenes y maquetas nos ayudaran a conocer mejor cada periodo de la historia de Cuenca.

José Serrano

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Retrato de José Serrano Simeón / Óleo sobre tela 46 x 38 cm / Colección Particular


José Serrano Simeón, también conocido como maestro Serrano, nació en Sueca el 14 de octubre de 1873 y falleció en Madrid el 8 de marzo de 1941. Autor, entre otras, de las famosas zarzuelas La reina mora, La canción del olvido, La dolorosa y Los claveles, se le considera el heredero musical de Federico Chueca. A lo largo de su vida compuso más de cincuenta zarzuelas.

Esta obra presenta una cabeza de ejecución muy vigorosa y espontánea. Es el segundo retrato que le dedico al compositor valenciano. Comparando con el realizado por mí en 2014, a pesar de las evidentes diferencias ‒entre otras cosas, en el que ahora presento retrato al músico en su juventud‒, advierto, sorprendentemente, las mismas virtudes en los dos. Y es que en el rostro de Serrano encuentro rasgos muy especiales ‒casi anacrónicos‒ que además evocan la pintura de los grandes maestros españoles del Siglo de Oro. El impecable bigote y la mirada sugerente de este singular creador, figura esencial en la música del siglo XIX, recuerdan algunos retratos de Velázquez, tan magistralmente pintados. Algo similar me sucedió con mi representación de Azorín, en el que las cuencas hundidas y la frente prominente recordaban al Góngora de Velázquez; si bien este retrato de Serrano se acerca más, diría yo, a lo velazqueño e incluso a los maestros holandeses. 

Sólo conozco un retrato del Maestro Serrano realizado por el autor valenciano Alfredo Claros García (Valencia, 1893 - Sueca, 1965). En él se representa al compositor de medio cuerpo, con una chaqueta blanca, caminando por una playa valenciana a plena luz del día, sosteniendo un cigarrillo en una mano y con la otra metida en el bolsillo del pantalón. Se trata de un retrato colorista y luminoso, muy representativo de la forma de pintar de este autor.  Cabe mencionar también el monumento en bronce que se le dedica en la avenida Antiguo Reino de Valencia, obra del escultor Octavio Vicent. Creo que ni la pintura ni la escultura han representado suficientemente la figura este excelente músico tan querido e interpretado en Valencia.

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