Carmen Martín Gaite

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Retrato de Carmen Martín Gaite / Óleo sobre tela 100 x 73 cm / Alejandro Cabeza 2015
Colección Universidad Complutense de Madrid


Con enorme satisfacción por mi parte, el 15 de octubre del 2018, fecha en que celebramos el Día de las Escritoras, mi retrato de Carmen Martín Gaite pasa a ocupar un lugar de honor en el Decanato de la facultad que, tras tantos años de investigación, la vio culminar sus estudios. La obra se integra así en el rico patrimonio artístico de la Universidad Complutense de Madrid y permanecerá expuesta en su Facultad de Filología.

Con gran sorpresa constato que, incomprensiblemente, la autora no cuenta, por cuanto yo sé, con otras representaciones plásticas en pintura.

Este retrato rinde homenaje a una de nuestras grandes escritoras e intelectuales y viene a sumarse a mis representaciones de Rosa Chacel (Casa Museo Zorrilla de Valladolid), Ana María Matute (Real Academia de Lengua), Elena Martín Vivaldi (Universidad de Granada) o Ángela Ruiz Robles (Museo Pedagóxico de Galicia). Todas ellas mujeres que ayudaron a construir nuestra sociedad y merecen ser recordadas.

Buscando la frescura del trazo suelto, intento retratar a Martín Gaite en un periodo de madurez vital, en la que debió de haber sido su época más lúcida y productiva.

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 8 de diciembre de 1925 - Madrid, 23 de julio de 2000) recibió reconocimientos de la talla del Premio Nacional de las Letras, el Premio Nacional de Literatura, el Nadal o el Anagrama de Ensayo.

Licenciada en Filología Románica en la Universidad de Salamanca en 1948, apenas aterrizada en la capital, se embarcó en una tesis doctoral sobre los cancioneros galaico-portugueses del siglo XIII bajo la dirección de Armando Cotarelo. Este proyecto naufragó, pero la escritora finalmente obtiene el título de doctor en la Universidad Complutense de Madrid con su tesis“Lenguaje y estilo amorosos en los textos del siglo XVIII español”, trabajo que fue dirigido por Alonso Zamora Vicente. La defensa transcurrió un 12 de junio de 1972, ante un tribunal formado por José María Jover, Emilio Lorenzo, Rafael Lapesa y el propio Alonso Zamora Vicente. Así, la autora, cuando roza ya los cincuenta años, culmina su trayectoria académica en el ámbito de la Filología Románica con una calificación de Sobresaliente cum laude y el Premio Extraordinario de fin de carrera.

Durante su paso por las aulas, entre sus compañeros de estudios se encontraban Ignacio Aldecoa ‒cuya obra estudiaría posteriormente‒ y Agustín García Calvo.

Salomé Guadalupe

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Retrato de Salomé Guadalupe / Óleo sobre tela 46 x 38 cm / Colección privada / 2018

Fragmento de la entrevista “Entrevista con Alejandro Cabeza: Arte y comunicación” concedida al artista y editor Anton Psak y publicada originalmente en inglés en 2014.

-¿Qué es lo que más le gusta de ser artista? 
Crear, gozar de la libertad de pintar lo que quiero y como quiero. También la oportunidad de aprender a pintar mejor con cada cuadro realizado y con el estudio del arte preexistente: el tener acceso a secretos que están al alcance de muy pocos, porque en efecto requieren un considerable esfuerzo. Además esta profesión me permite concentrarme mucho en mi principal modelo, la que más me inspira, que es mi mujer. Poder compartir con mi pareja mi profesión es algo que me satisface muy especialmente.

-¿Cuál es su mayor logro artístico hasta la fecha?
Cada año me impongo lograr nuevas metas, lo importante es no perder el entusiasmo por la profesión. Diría que mi principal logro consiste en seguir aprendiendo y pintando mucho cada día. Pero como entiendo que usted se refiere a otra cosa, imagino que entre mis mayores éxitos debería considerar el tener obras mías en varios museos, instituciones y centros públicos de España. También el contar con una numerosa obra repartida por diversos países del mundo, desde Argentina a Finlandia, tanto en colecciones privadas como en instituciones. 

-¿Cuáles son sus planes para el año entrante? 
Para empezar, tengo previsto realizar algunos retratos más de personajes relevantes del mundo de la cultura que irán a engrosar una ya muy extensa colección personal. Desde luego seguiré adelante con la serie de retratos de la escritora Salomé Guadalupe Ingelmo, compuesta en la actualidad por una veintena de obras pero que seguramente acabará siendo bastante más extensa. También me he comprometido a realizar el retrato del poeta que resulte ganador de la próxima edición, ya la novena, del Concurso Internacional de Literatura “Ángel Ganivet” que se convoca en Finlandia. Además una importante institución colombiana ilustrará un libro de narrativa y poesía con algunos de mis cuadros. Sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, mis planes para el año que entra consisten en pintar con la misma pasión de la adolescencia. Trabajar constantemente y seguir descubriendo la grandeza de la pintura.



José Zorrilla y Moral

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Retrato de José Zorrilla y Moral / Óleo sobre tela 130 x 97 cm /  Alejandro Cabeza 2018 
Colección del Museo Nacional del Teatro 

Con este retrato de José Zorrilla, piedra angular del  teatro español, abordo uno de los escasos autores del romanticismo pintados por mí. La obra se incorpora al patrimonio del Museo Nacional del Teatro de Almagro, que cuenta ya con cinco retratos míos de dramaturgos españoles: Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, 1916 - 2000), Federico García Lorca (Granada, 1898 - 1936), Lope de Vega  (Madrid, 1562 - 1635), José Zorrilla y Moral (Valladolid, 1817 - 1893), y Max Aub Mohrenwitz (París, 1903 -1972).

Son pocos los retratos de José Zorrilla que conozco. Entre ellos podríamos diferenciar dos grupos: los que lo representan en una juventud desenfadada y vital, con variadas fisonomías entre grabados y fotografías, y los que le representan en senectud, que muestran mayor homogeneidad iconográfica. Precisamente este ha sido uno de los aspectos más delicados a la hora de tomar una decisión para la realización de mi retrato. Inclinándome por su madurez, he querido, sin embargo, rendir homenaje al vallisoletano evitando la decrepitud de la vejez. Como si de un palco teatral se tratara, lo represento con abrigo negro, sentado en una silla castellana, observando de medio perfil. El resultado sugiere un Zorrilla expectante, atento, sano y creativo. En definitiva, la obra se me antoja llena de intenciones que trascienden la mera representación de un ilustre personaje del que, por otro lado, no he encontrado ningún retrato realmente destacable desde el punto de vista pictórico.

José Zorrilla nace en 1817, en Valladolid, y muere en 1890.  Es el principal representante del romanticismo medievalizante y legendario. En 1833 ingresó en la Universidad de Toledo como estudiante de leyes, y en 1835 pasó a la Universidad de Valladolid. Sus primeros versos vieron la luz en el diario vallisoletano El Artista.

En 1837, Zorrilla inició su producción teatral con Vivir loco y morir más. Alcanzó su primer éxito con El zapatero y el rey (1840), a la que siguieron El eco del torrente (1842), Sancho García (1842), El molino de Guadalajara (1843), El puñal del godo (1843), Don Juan Tenorio (1844) y Traidor, inconfeso y mártir (1849). En estas obras trata temas tradicionales o del Siglo de Oro. También escribió tragedias a la manera clásica, como Sofronia (1843).

En 1846 viajó a Burdeos y París, donde conoció a Alejandro Dumas, George Sand, Teófilo Gautier y Alfred de Musset, que dejarían en él una profunda huella. En 1865 marchó a México, donde fue protegido del emperador Maximiliano I, que lo nombró director del Teatro Nacional.

De regreso a España (1866), Zorrilla se casó con la actriz Juana Pacheco. En 1871 viajó a Roma y en 1882 ingresó en la Real Academia. De estos años son Recuerdos del tiempo viejo (1880-1883), La leyenda del Cid (1882), El cantar del romero (1883) y Mi última brega (1888). Fue coronado como poeta en el alcázar de Granada (1889) por el duque de Rivas, en representación de la reina regente.

Magdalena

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María Magdalena / Óleo sobre tela 65 x 54 cm / Colección particular 2018.

Mira hacia lo alto, hacia donde su voluntad aspira. Desde aquí abajo, llegar a ellas parece casi imposible. Ansiosa, dirige su vista hacia las cumbres: enormes y lejanas. Inalcanzables e inaccesibles… sólo en apariencia. Porque ella sabe –la experiencia se lo dice– que en pocas horas habrá tocado el cielo. Con la práctica ha aprendido que cada cosa requiere su tiempo, que la disciplina todo lo puede. En unas horas, ni siquiera tantas, estará allí arriba, en esa meta que hace apenas un suspiro parecía remota. Y ya no importará nada de lo dejará abajo. Porque es el ahora lo único que cuenta. Quedarán atrás amarguras, desencantos y traiciones. Arriba, lejos del mezquino mundo, mecida por el viento y protegida por las ramas, será ingrávida e intocable. En el camino, habrá aprendido a conocerse a sí misma. En el camino, se habrá vuelto recia como lo pinos que coronan las cumbres y generosa como los castaños que cobijan audaces vuelos. Pues Ella –el mejor ejemplo–, con níveo traje nupcial en invierno o vestida de invicto verde en verano, siempre acoge maternal al peregrino.

Mientras, abajo quedará el hombre. El hombre, que siempre defrauda. El hombre que, en su torpeza, sólo sabe construir efímeros paraísos artificiales. Por eso las chispas iluminan el cielo nocturno imitando burdamente el cielo estrellado. Es el resultado del devastador fuego que avanza sobre las cabezas de los bomberos y agentes forestales. El descomunal esfuerzo físico ya no conduce por las fértiles sendas del conocimiento interior, sino por las áridas veredas de difícil acceso en las que han sido encendidas las llamas para que su extinción resulte más compleja. Tal vez, incluso, para poner en peligro las vidas de semejantes que en nada se parecen. La recompensa de esos rostros curtidos y tiznados, de esos individuos esforzados, devastados por el agotamiento y el desconsuelo, en el mejor de los casos, consistirá en salvar el resto del monte y regresar a casa enteros.

Ante la infamia, ante la traición perpetrada una y otra vez por unos pocos y la indiferencia de la mayoría, sólo impotencia. También rabia. En respuesta, tras el extraordinario resplandor, el estremecedor alarido hiende el cielo y retumba entre las paredes rocosas, ahora desnudas y carbonizadas. Sus compuertas se abren y, de lo alto, deja caer el agua para refrescar la reciente herida. Un nuevo diluvio. Tal vez una noble advertencia que el hombre, sordo como siempre a todo lo trascendente, no sabe interpretar. Igual que hormigas, allá abajo, corren a refugiarse. Y como las hormigas, bajo la inmensidad del cielo, podrían ser aplastados un día. Aunque, en su inconsciente arrogancia, siguen abusando de la paciencia infinita.

Contra el cielo, contra el mismo cielo de nuestros padres, se recortan las montañas. Ellas se alzaban aquí mucho antes de nuestra llegada. Y aquí seguirán –incluso a pesar nuestro– cuando nosotros ya no estemos. Son las mismas que vieron los romanos al pisar estas extrañas tierra. Muchos, los mismos árboles –en pié aun viejos– que daban sombra a mi bisabuelo cuando se dirigía a la Chorrera por una senda hoy intransitable. Porque el hombre, en su estupidez e ignorancia, se va confinando entre estrechas fronteras. En lugar de derruirlos, construye muros. Y en vez de abrir caminos, se los cierra.

Textos de :
Salomé Guadalupe Ingelmo, “Cielos de Hervás: Amanece en la noche oscura del alma”, en Cielos de Extremadura. Extremadura en la red: blogs y fotografía de naturaleza, José Manuel López Caballero y Atanasio Fernández García Coords., Dirección General de Turismo Junta de Extremadura – Fundación Xavier de Salas eds., 2017, pp. 226-231.

Blas Taracena Aguirre

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Retrato de Blas Taracena Aguirre / Óleo sobre tela 100 x 73 cm / Alejandro Cabeza 2017 / 


Con este retrato del destacado Arqueólogo Blas Taracena Aguirre ‒integrado en la colección del Parque Arqueológico Ciudad Romana de Clunia, organismo adscrito a la Excma. Diputación Provincial de Burgos‒, sumo uno más a la galería de españoles insignes que han contribuido al engrandecimiento de las letras y las ciencias, proyecto que he venido engrosando en los últimos años.

Inmortalizado en su etapa de juventud, lo represento sentado en una silla castellana: en posición relajada, pero con un porte solemne que le otorga cierta elegancia y presencia a la composición. La mirada, vivaz e inteligente, directa al espectador. Aplico la armonía en amarillos, ocres y pardos que tan buen resultado me ha dado ya precedentemente en otros retratos. Insinuando casi un contraluz con los propios negros del traje, esa tonalidad confiere una atmósfera personal a toda la obra.

Conozco únicamente otro retrato pictórico de Blas Taracena, el que se integra en la galería de directores del Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Aquel, extraído de una de las pocas fotografías que circulan del estudioso ‒donde posa cruzando los brazos‒ y más pequeño que el mío, lo representa ya avanzada la madurez.

Blas Taracena Aguirre (Soria, 1895 - Madrid, 1951) cursó en Madrid, en la Universidad Central, las licenciaturas de Filosofía y Letras y Derecho. En 1915, con tan sólo diecinueve años, aprobó la oposición para el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y fue destinado como director al recién creado Museo Numantino (Soria), haciéndose cargo también del Museo Celtibérico y de la Biblioteca Provincial. Desde marzo de 1936, nombrado por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, actuó, además, como comisario-director de la Escuela de Artes y Oficios de Soria. En el Museo Numantino permaneció, como primer director, hasta 1936. Al año siguiente fue nombrado director del Museo Arqueológico Provincial de Córdoba; entre 1938 y 1939, Inspector General de Museos y, desde 1939 hasta su fallecimiento, siguiendo los pasos de su maestro José Ramón Mélida, de quien ya había recibido colaboración para organizar el naciente Museo Numantino, director del Museo Arqueológico Nacional.

Sus investigaciones, además de Soria, abarcaron Córdoba, La Rioja, Burgos (ciudad romana de Clunia), Palencia y principalmente Navarra. Sus colaboraciones en revistas especializadas, en las que expuso sus excavaciones en estas regiones, son numerosas. Destacan, sobre todo, las correspondientes a Navarra ‒tanto solo, como en colaboración con Luis Vázquez de Parga‒. Desde 1942 hasta el año de su fallecimiento, fueron publicadas en Príncipe de Viana las excavaciones en Cortes de Navarra, Gallipienzo, Echauri, Tudela, Liédena, etc...

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