Mariano de la Paz Graells

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Retrato de Mariano de la Paz Graells / Óleo 39 x 53 cm / Colección del Real Jardín Botanico de Madrid


Mariano de la Paz Graells y de la Agüera (Tricio, La Rioja, 24 de enero de 1809 - Madrid, 14 de febrero de 1898) fue médico, naturalista y político. Máximo representante de las ciencias naturales en el periodo isabelino, su presencia dejó huella en las instituciones científicas del momento.
Clave en el despegue de la carrera científica de Graells fue la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, de la que formó parte desde 1835, año en el que fue admitido como académico en la sección de Zoología por unanimidad gracias a una memoria titulada Relación de los insectos que atacan a los olmos, moreras y álamos de los paseos interiores y extramuros de Barcelona. Poco después pasó a hacerse cargo de la cátedra de Entomología. Aunque describió infinidad de nuevas especies de insectos, el nombre de Graells ha quedado asociado al de una mariposa, la Graellsia isabellae, descubierta en 1848 durante una de sus excursiones y dedicada a la soberana Isabel II.
En 1837 Graells se instaló en Madrid, donde acababa de ser nombrado profesor interino de Zoología del Museo de Ciencias Naturales. Desde la Cátedra de Zoología del Museo, inició la elaboración de un catálogo sistemático de las colecciones zoológicas del Museo, centro del que será nombrado director en 1851. Durante dieciséis años siguió siendo el máximo responsable de la institución, director único del Gabinete de Historia Natural, del Jardín Botánico y, por un breve periodo, del Jardín Zoológico de Aclimatación.
Graells desarrolló un especial interés por la aplicación de la ciencia. El enfoque práctico en sus planteamientos primó a lo largo de su carrera, y de él se benefició la vida científica de Madrid. Uno de sus principales proyectos fue la creación en la capital de un jardín zoológico de aclimatación instalado en el recinto del Jardín Botánico. Allí se llevaron a cabo ensayos de connaturalización de especies animales con interés ganadero, como los avestruces, las llamas o los canguros. Otro de sus proyectos de Zoología aplicada consistió en cultivar especies acuáticas: a él se deben la primera piscifactoría, creada en La Granja en 1867, y la introducción de los cultivos marinos de ostras y mejillones.


La Octava Pasajera 
Salomé Guadalupe Ingelmo   
         
Por la cuarta década del siglo XXI, fue aclimatada en la 
Tierra la flor más hermosa que jamás había sido conocida. 
                                     Tomás Salvador, La flor maravillosa



CUADERNO DE BITÁCORA DE LA NAVE DEMÉTER:
18 DE JULIO. Hemos acabado de cargar las muestras recogidas. También hemos almacenado en las bodegas algunas cajas con tierra. Nuestro botánico sostiene que su exhaustivo análisis permitirá determinar si, en un futuro, podremos convertir el planeta rojo en una colonia autosuficiente. Nos disponemos a abandonar la base. Regresamos a casa.
20 DE JULIO. En nuestras exploraciones por la superficie del planeta descubrimos, cerca de un farallón, algunos restos dispersos de lo que parece haber sido una pequeña nave o una sonda. Quizá, una de las muchas enviadas durante décadas y con las que la Tierra perdió contacto para siempre. Según los comentarios jocosos de algunos periodistas, seguramente a manos del hambriento Gran Vampiro Galáctico. Entre esos vestigios, un objeto llamó nuestra atención de inmediato: una curiosa cápsula estanca de unos treinta centímetros en cuyo interior se vislumbraban unas bolitas. Al agitarla como una maraca, producía un ruido cautivador de efecto relajante, muy similar al de los sonajeros fabricados para tranquilizar a los niños. Hemos decidido llevarla con nosotros por si un detenido estudio permite su identificación y facilita información sobre los restos entre los cuales fue hallada.
25 DE JULIO. Al cabo de unos días manipulando la cápsula, nuestro geólogo ha dado accidentalmente con el modo de abrirla. El mecanismo de cierre era efectivamente complejo. No parece que el contenido justifique tantas precauciones. Tras una inspección preliminar, nuestro botánico ha concluido que las misteriosas bolitas han de ser en realidad de naturaleza orgánica: en concreto, semillas. No sabemos cuánto tiempo llevarían allí abandonadas cuando las encontramos, y por lo tanto no existe certeza alguna sobre su viabilidad. No obstante, todos pensamos que constituiría una grata distracción, durante nuestro viaje de vuelta, intentar germinarlas. Realizaremos el experimento sólo con unas pocas y conservaremos cuidadosamente el resto en la misma cápsula donde las encontramos, de tal forma que puedan ser analizadas a fondo a su llegada a la Tierra. Nuestro botánico ha preparado una mezcla de sustrato marciano y fertilizantes orgánicos añadidos. De este modo nuestro ensayo servirá, a un tiempo, para comprobar la reacción de los vegetales ante el suelo del planeta.
26 DE JULIO. Finalmente hemos decidido plantar siete de esas semillas, una por cada miembro de la expedición. Cada uno de nosotros le ha puesto un nombre a la suya y, a diario, vigilamos expectantes sus progresos. Hemos cruzado apuestas: la primera en nacer le proporcionará a su padrino, una vez hayamos regresado a casa, una suculenta cena en el mejor restaurante de la ciudad. Se han convertido en lo más parecido a mascotas que podemos permitirnos aquí. Dado que el tiempo discurre lento, nos ofrecen ilusión y entretenimiento.
1 DE AGOSTO. Las semillas han germinado sorprendentemente deprisa. Todas, las siete, reventaron la tierra que las cubría en sus respectivas macetas con un sonoro “¡pop!”, al tiempo que sus dos cotiledones se desplegaban vigorosamente. Lo hicieron al unísono, como si alguna fuerza desconocida mantuviese sus biorritmos escrupulosamente sincronizados. Nuestro botánico está perplejo, asegura no haber visto nada igual. Ansía el momento de poder estudiar a fondo esta curiosa forma de vida…

Salomé Guadalupe Ingelmo, “La Octava Pasajera” (fragmento), Calabazas en el Trastero: Dark Space Opera, Editorial Saco de Huesos 2016.


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