José María Sebastián Andrés

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Retrato de José María Sebastián Andrés / Óleo sbre tela 46 x 38 cm / Colección particular

Hay tontos que tontos nacen, y tontos que tontos son, y tontos que tontos hacen a los que tontos no son!

¿Considera que es la que usted en lo fundamental ejerce, en público o con usted a solas, al valorar la obra de otro?

Hay otra cuestión que siempre me ha costado entender, la costumbre de la mayoría de pintores actuales de acudir a críticos, reales o supuestos, para que sean ellos quienes escriban sobre su obra. ¿Acaso no son capaces de analizar ellos mismos su creación? ¿O es que piensan que su obra ha de ser respaldada por las palabras de otros y no por su propia calidad artística? Por lógica los propios pintores habrían de tener un juicio profesional y ser capaces de expresarlo con mayor o menos coherencia. Esto me inquieta. Quien lo tiene claro en arte, como en cualquier otra disciplina, ha de saber manifestarlo; verbalizar con un mínimo de claridad esos pensamientos, ya sean de palabra o por escrito. De no ser así, irremediablemente, habremos de empezar a diferenciar entre unos pintores y otros.

Respecto al público… El público es impredecible y bullicioso, susceptible y sentimental. Impresionable –a veces demasiado; demasiado fácilmente deslumbrable–. Tiene la gran facultad de elevar a los altares de la gloria, en poco tiempo, a quien no ha hecho meritos para alcanzarlos. Pero también puede desterrar al olvido de un plumazo a quien ha cultivado toda una vida de dedicación y esfuerzo. Se me vienen a la cabeza, inevitablemente, ciertos actores y actrices de cine. Algunos de ellos triunfaron en la gran pantalla y se labraron una carrera brillante, incluso pasaron a la historia de su disciplina. Y sin embargo ni eso les salvó de la crueldad del tiempo. De la injusticia de la que el público a veces hace gala. Las personas olvidan demasiado pronto. Muchos de estos mitos que fueron premiados y alabados por sus interpretaciones, han caído en el abandono. Algunos incluso, tras toda una vida de trabajo, han acabado en la indigencia. Es sobrecogedor. Me sume en una profunda tristeza. Nadie debería verse así. El público a veces se vuelve ingrato e incoherente por culpa de un sistema que valora el arte según reglas arbitrarias, que pretenden hacer de él un espectáculo. El gusto del público cambia según generaciones. El público es a veces caprichoso y voluble. Aplaude cuando baja el telón, pero critica cuando termina la función.  El artista a menudo se encuentra a la merced de normas que valen para hoy, pero que ya no valen para mañana.



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