Colección Universidad Internacional de Andalucía / Campus Antonio Machado de Baeza / Pintor Alejandro Cabeza
"He conseguido provisiones para el viaje: galletas y carne enlatada. Andamos lenta e incansablemente. A primeras horas del 7 de febrero pisamos tierra francesa. Entregamos nuestras pistolas que hacen pirámide con otras. Tropas francesas distribuidas a todo lo largo de la cordillera divisoria. Junto a la bandera gala, la republicana. Muchos se cuadran ante ellas. Otros, lloramos por dentro en el choque silencioso de las miradas. Una idea nos obsesiona y puede más que las demás: ¡la guerra ha terminado! Pero sus canciones nos siguen cargadas de ecos melancólicos. Suenan a despedida. Pasamos Cerbere y acampamos en Banyuls. En la placita del pueblo, sentados en un banco, Luis descubre a Antonio Machado y a su madre. Nos miran con gratitud cuando les hablamos. Nos han prometido que vendrán a recogernos, dice don Antonio. Pero nadie sabe nada de nada. Observa mi capote militar y se lo entrego impulsivamente, como si así quisiera rendir homenaje a este gran poeta que tanto admiro. Lo junta a la manta que cubre los dos cuerpos, necesitados de más abrigo. Alguna palabra musitan, pero sólo percibimos la luz que pasa de unos ojos a otros, patéticamente tristes, buscando la tranquilidad de la despedida. Andando sobre la carretera llegamos a Port-Vendres. El éxodo congestiona el lugar."
Es el testimonio de Eulalio Ferrer (Entre alambradas, 1988), oficial del ejército que presenció el penoso éxodo del poeta hacia el exilio. Enfermo y abatido, el autor de Campos de Castilla fallecía poco después en Colliure. Sea por siempre su cobijo los "días azules y el sol de la infancia".
Este retrato forma parte de la colección permanente de la UNIA en Baeza, ciudad donde Machado ejerció como profesor y dejó una huella imborrable. Más información en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes por el pintor valenciano Alejandro Cabeza.



