Viejo relojero, un hombre con sombre oscuro y barba blanca con
unas gafas redondas por el desgaste d la visión nos observa de manera directa. Es
un tema recurrente del aspecto de la senectud. El rostro destaca en una
atmosfera de tonos oscuros con un trato
de pincel directo y suelto y unos resultados excelentes.
Es fundamental comprender y valorar el impacto que tiene el estado emocional, físico y mental de un autor en el proceso creativo. Crear una obra de arte no es simplemente un acto técnico; es una expresión profunda del ser, un reflejo del estado interno del creador. Cuando el autor se encuentra en un estado de agitación o cansancio, la capacidad de plasmar sus trabajos con claridad y profundidad se ve comprometida, de la misma manera que cuando un borracho se pone a manos de un vehículo con el peor desenlace. La calidad de la obra queda condicionada y, en muchos casos, en su defecto resultará inferior a su potencial creativo.
A lo largo de los años, llegó a comprender que esta exigencia personal tiene un efecto transformador en la manera de enfrentarse a un lienzo y en los resultados de una pintura. Con el tiempo, es natural que se pinte menos, pero, por el contrario, buscando una mayor calidad. Este fenómeno no solo responde a la madurez técnica adquirida con la experiencia, sino también a un proceso de depuración interna. Aprendemos a priorizar la calidad sobre la cantidad, a valorar la introspección y entender que cada obra requiere de nuestra máxima dedicación y atención para crear nuestras pinturas.
El arte de pintar, como toda forma de arte, nos plantea demandas específicas. No solo pide tiempo y habilidades técnicas, sino también una conexión emocional profunda, una evaluación sincera y un estado de serenidad que permita un compromiso completo. En ocasiones, no estamos dispuestos o preparados para ofrecer lo que nos exige, pero es precisamente en esos momentos cuando debemos recordar que el arte es también un ejercicio de discipulado.
Pintor Alejandro Cabeza



