Estudio de Calaveras: Treblinka (En memoria)

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Estudio de Calaveras / Óleo sobre Lienzo 46 x 38 cm / Coleción particular

En noviembre de 1941 en Treblinka se creo un campo de trabajo, la parte del complejo que luego se conocería como Treblinka I. A él se enviaba, a trabajar sobre todo en una cantera de grava cercana, a judíos y a polacos no judíos. A escaso kilómetro y medio de Treblinka I se construyó el campo de exterminio de Treblinka II. Para entonces Belzec y Sobibor ya estaban en funcionamiento.

Algunos de los judíos que llegaban a Treblinka eran seleccionados y enviados a Treblinka I, mientras que quienes estaban muy débiles para trabajar eran enviados a Treblinka II para ser asesinados. Treblinka era por tanto, básicamente, un campo de muerte. […]

Como en otros campos, la línea ferroviaria llegaba hasta el interior de Treblinka. Sin embargo, a diferencia de otros campos de exterminio, como Auschwitz, Treblinka apenas tenía barracones para alojar a los prisioneros, pues los judíos llegados al campo eran asesinados inmediatamente. La esperanza de vida en Treblinka se reducía a, aproximadamente, una hora y media. Allí permanecían sólo los presos indispensables para seleccionar los objetos de valor propiedad de los deportados asesinados y para manipular y hacer desparecer sus cuerpos: los Sonderkommando. También estos, como en otros campos, aunque cada mucho menos tiempo, eran exterminados y sustituidos por nuevos prisioneros llegados en otros trenes. […]

Una vez “barberos” y “dentistas” habían acabado su trabajo, que debía realizarse a gran velocidad porque muchos cuerpos habían de ser revisados y eliminados cada día, los cadáveres estaban definitivamente en condiciones de ser trasladados a los hornos crematorios por otrosSonderkommando.
El cabello de los difuntos era usado para fabricar textiles: ropa como calcetines para los soldados, mantas, rellenos de los colchones suministrados a las tropas alemanas, tapicerías para distintos tipos de vehículos[1], sogas de uso naval e incluso juntas estancas para buques y submarinos, así como mecanismos de ignición para bombas[2]. El pelo de los prisioneros de los campos de concentración y de los exterminados en ellos pasó a sustituir al de caballo por resultar una materia prima aún más barata. Ciertamente el régimen apuraba bien a sus víctimas. Tras usar su fuerza de trabajo como mano de obrar esclava[3], los propios cuerpos eran exprimidos[4]: la grasa se empleaba para hacer jabón, los huesos para conseguir fertilizante[5]En el campo de Madjanek se usaba un molino mecánico para moler los huesos que aún salían enteros de los hornos crematorios. Según Shlomo Venezia en Auschwitz se usaba un gran martillo pilón con el mismo fin. Martillo que, por cierto, Otto Moll, a cargo de este campo, empleó para abrir el cráneo a uno de los presos de un grupo que se negaba a bajar al crematorio (Venezia, Sonderkommando, 97). Chil Rajchman cuenta que en Treblinka se usaban unas mazas de madera; pero los prisioneros procuraban dejar, sin ser vistos, huesos enteros junto a las cenizas que enterraban: tenían la esperanza de que los verdugos no lograsen hacer desaparecer todas las pruebas del genocidio (Rajchman, Treblinka, 94-95). […]

En tanto campo de exterminio, Treblinka es decir Treblinka II‒ operó del 1 de agosto de 1942 al 19 de octubre de 1943, fecha en la que cerraron todos los campos de exterminio incluidos en la Operación Reinhard. No obstante, después de la revuelta de los Sonderkommando del 2 de agosto de 1943 parece que no se gaseó a nadie más en Treblinka y todo el esfuerzo se dedicó a las labores de desmantelamiento del campo. Y las ejecutaron tan a conciencia que ha resultado muy difícil reconstruir la sórdida historia de Treblinka. Todavía estamos sólo empezando. Contábamos únicamente con los testimonios de los soldados alemanes que allí estuvieron y que se mostraron dispuestos a hablar. Y con los de los supervivientes judíos, obviamente. Pero hubo muy pocos: se cifran aproximadamente en unos ochenta que salieron de Treblinka (II) en condiciones físicas y psicológicas alarmantes[6]. Una vez puestos en marcha los campos de exterminio más eficaces y modernos, como Auschwitz, los alemanes borraron las huellas de lo que habían sido sus primeros abominables experimentos con tanta meticulosidad que casi nada se había podido encontrar: las escasas pruebas yacían bajo lo que los verdugos habían convertido en inocentes campos de cultivo. Sólo últimamente las concienzudas investigaciones arqueológicas están sacando a la luz parte de la muerte que había quedado sepultada bajo esas tierras en apariencia fecundas[7]. […]

En Treblinka, del área de recepción a la cámara de gas, que ya tenía la apariencia de ducha, se llegaba mediante el “tubo”, un camino vallado por el que las víctimas eran obligadas a transitar desnudas. Una vez que las puertas de la cámara estaban selladas, un motor que se encontraba fuera del edificio bombeaba monóxido de carbono dentro. Las cámaras de gas alimentadas por gas Zyklon B sólo llegaron sucesivamente, como fruto de la experimentación[8] y el “progreso”. Se evolucionó muy rápidamente no sólo respecto a las prácticas para matar, sino también en relación con los métodos usados para deshacerse de los engorrosos cuerpos. Con el fin de borrar las pruebas de la masacre, los cadáveres, que inicialmente eran enterrados en fosas comunes por los Sonderkommando, empezaron a ser desenterrados y quemados a partir del otoño de 1942. Se hacía en grandes zanjas que actuaban a modo de hornos provisionales, fabricados con vías de tren. Pero el trabajo era lento y terriblemente desagradable, pues se ejecutaba a la vista de todos. En Treblinka se experimentó buscando acelerar la combustión de los cuerpos, hasta que la efectividad se maximizó cuando se implantaron los modernos hornos crematorios (Grossman, El infierno de Treblinka”, 545-49).

En Treblinka asistimos a la fase inicial del exterminio; nos encontramos ante los precedentes de las matanzas mucho más organizadas perpetradas en Auschwitz. En comparación, métodos sin duda torpes y toscos. Aún los procedimientos estaban en desarrollo y experimentación, en pleno perfeccionamiento. Tanto por lo que concernía al funcionamiento de las cámaras de gas y los crematorios, como por lo respectivo a la organización de la mano de obra especializada de los propios Sonderkommando.

Según los testimonios, el campo de Treblinka trabajaba a pleno rendimiento pero en un absoluto desorden que contrasta con la sobrecogedora precisión descrita por los Sonderkommando de otros campos. Obviamente, aunque también allí existían cuadrillas especializadas, no se supieron organizar ni gestionar correctamente; no se calculó desde un comienzo la cantidad de hombres que habrían sido necesarios para desembarazarse de los cadáveres de los gaseados, porque probablemente tampoco se había previsto la magnitud de la carnicería ni sus consecuencias. El campo se vio desbordado: los Sonderkommando no daban abasto para deshacerse al ritmo necesario de los cuerpos, que se amontonaban y descomponían ante el horror general. Según algunas fuentes los alemanes, dependiendo del tamaño del último convoy llegado, escogían entre cincuenta y trescientos judíos para que lanzasen los cadáveres de sus compañeros de viaje a las fosas, y esos hombres eran llevados a la cámara de gas esa misma noche o al día siguiente (Grossman, El infierno de Treblinka”, 528). De tal forma que la totalidad de los trabajadores, unos mil quinientos, serían absolutamente reemplazados cada tres o cinco días[9]. En poco tiempo este método se reveló un desastre que había contribuido al deficiente funcionamiento del campo. Dice Chil Rajchman: “después los asesinos cambiaron de táctica. Porque debido a que enseguida fusilaban a los obreros, el trabajo marchaba mal, ya que no había tiempo de entrenarse” (Rajchman, Treblinka, 101).

En esas circunstancias, en Treblinka el número de suicidios entre los deportados, que en vista del espectáculo dantesco a menudo volvían a los vagones en los que acababan de llegar para poner fin allí a su vida de una forma más digna, era mucho mayor que en el resto de campos. También los propios soldados de las SS destinados en Treblinka sufrían un terrible estrés. Por eso se les concedían permisos especiales cada cierto tiempo, pues se consideraba su labor más dura que la de otros compañeros (Rajchman, Treblinka, 129). Cosa que resultó paradójica porque, en realidad, las cámaras de gas y el sistema destinado a implantarse con éxito en los campos de exterminio se habían proyectado con el fin de salvaguardar el equilibrio emocional de los soldados alemanes; para evitar que tuviesen que seguir ejecutando a los prisioneros mediante disparos. Y sin embargo en la primera fase de la aplicación de estos métodos más “humanos” y modernos, se les sometía a experiencias todavía más traumáticas. Eran los primeros pasos de un asesinato en masa que aún había de perfeccionarse, pero que alcanzaría el máximo de la sofisticación y eficacia en Auschwitz. La ineficiencia de Treblinka, por el contrario, era tal que se hubieron de interrumpir temporalmente las deportaciones allí.

Si en general la vida en todos los campos se revelaba un infierno aterrador y en buena medida surrealista, en los primeros y un tanto experimentales, como Treblinka, el horror se volvía sencillamente inenarrable. Siguiendo el sadismo que las SS practicaron habitualmente en los campos, para “amenizar” las matanzas, los alemanes organizaron una orquesta judía en Treblinka. Sus músicos tocaban mientras otros judíos eran exterminados en la cámara de gas. Parece ser que en Treblinka los “barberos” también eran obligados a cantar mientras la cámara estaba en funcionamiento, con las mujeres a las que ellos acababan de cortar el pelo dentro (Rajchman, Treblinka, 48).

De los aproximadamente ochenta prisioneros supervivientes del campo de Treblinka que fueron encontrados al terminar la guerra, Hershl Sperling, que escapó trepando por pilas de cadáveres hasta poder saltar la alambrada del campo pero que fue capturado de nuevo y pasó también por Auschwitz, describió éste último como un “paseo por el parque” en comparación con el campo de Treblinka.

Fragmentos escogidos de Salomé Guadalupe Ingelmo, El horror pasó por Treblinka



[1] Gracias a los testimonios de trabajadores de aquella época, empresas que siguen existiendo y que bajo el nazismo se vieron favorecidas por la venta de este tipo de material que se les podía suministrar en grandes cantidades y acabó moviendo una enorme suma de dinero‒ siguen hoy en el punto de mira. Un ejemplo es la Schaeffler que curiosamente en origen fue de un empresario judío obligado a la huida por la represión nazi, fabricante alemana de componentes para coches (http://www.europapress.es/internacional/noticia-empresa-alemana-uso-pelo-victimas-auschwitz-fabricar-material-textil-20090304120820.html ). Otra empresa especialmente favorecida por este mercado fue la Firma Alex Zink, que producía fieltros.

[2] Se pueden consultar, por ejemplo, fuentes del centro de recursos para la educación sobre el genocidio perpetrado sobre los judíos, el Birmingham Holocaust Education Committee: http://www.bhamholocausteducation.org/powerpoint/notes-the-holocaust.pdf , p. 173. También Grossman, “El infierno de Treblinka”, 528.

[3] Que, como en el caso de los campos franquistas, se alquilaba a las empresas afines al régimen. De entre las muchas familias y empresas que se aprovecharon de esa práctica para enriquecerse podemos citar algunas muy conocidas: IG-Farben, Thyssen, Krupp, AEG, Siemens, Daimler-Benz, Photo AGFA, Banco de Dresde, Volkswagen, Bayer, BMW, Heinkel, Telefunken…

[4] Qué mejor ejemplo de ese “espíritu de ahorro mezquino” que según Vasili Grossman habría caracterizado a los alemanes (Grossman, “El infierno de Treblinka”, 510).

[5] Sabemos por el Sonderkommando de Auschwitz Shlomo Venezia que las cenizas de los no judíos resultaban especialmente rentables: parece ser que las SS anunciaban a la familia del fallecido que éste había muerto de una enfermedad y les ofrecían la posibilidad de comprar sus cenizas por doscientos marcos. Por eso la primera vez que Shlomo entró en el dormitorio de los Sonderkommando del crematorio en el que permaneció destinado en Auschwitz, encontró al lado de las camas nichos con casi doscientas urnas que contenían cenizas que habían de ser de varis personas mezcladas, a pesar de lo que se decía a los familiares‒ y una placa de identificación en cada una (Venezia, Sonderkommando, 115).


[6] La totalidad de los sobrevividos a los campos de Belzec, Sobibor, y Treblinka, es decir al núcleo inicial de la Operación Reinhard, no llegaría ni a los ciento veinte.


[7] A pesar de los testimonios de los supervivientes de Treblinka, algunos de los cuales aceptaron contar sus experiencias en el documental Shoah, de Claude Lanzmann, 613 minutos de conversación en varias lenguas con las víctimas judías de diversos campos y guetos presentados al público en 1985, hasta muy recientemente hay quienes, de forma totalmente interesada, han pretendido emplear la falta de evidencias físicas como prueba de que no se produjo ningún genocidio en Treblinka, que presuntamente habría sido sólo un campamento de tránsito para los trabajadores judíos. Afortunadamente a comienzos del 2012 la arqueóloga forense británica del Centro de Arqueología de la Universidad de Staffordshire en el Reino Unido Caroline Sturdy Colls, mediante radar de penetración terrestre, dio con la evidencia de fosas masivas que habrían contenido restos quemados de miles de cuerpos.

Precisamente el método no invasivo empleado por esta investigadora, respetuoso con aspectos éticos y religiosos vinculados a la exhumación de restos mortales de difuntos de épocas recientes, le permitió obtener de las autoridades del Museo de Treblinka los permisos necesarios para iniciar las labores de campo. Colls, que se ha especializado en fosas comunes clandestinas y en la investigación de antiguos campos de concentración nazis, tiene amplia experiencia como arqueóloga forense pues colabora con la policía británica en actividades de búsqueda de restos mortales ocultos bajo tierra.

Es de suponer que buena parte de sus descubrimientos sobre Treblinka vean la luz en su anunciado libro Finding Treblinka. Archaeological Investigations at Treblinka Extermination and Labour Camps, que habría de ser publicado en breve. Aunque ha publicado ya diversos artículos sobre su trabajo en Treblinka y los campos de concentración nazis en general, entre otros:

Gone but not forgotten: Archaeological approaches to the landscape of the former extermination camp at Treblinka, Poland”, Holocaust Studies and Materials (2014).

Holocaust Archaeology: Archaeological Approaches to Landscapes of Nazi Genocide and Persecution”, Journal of Conflict Archaeology Nr 7(2) (2012), 71-105.

O tym, co minelo, lecz nie zostalo zapomniane. Badania archeologiczne na terenie bylego obozu zaglady w Treblince”, Zaglada Zydow. Studia i Materialy Nr 8 (2012), 77-112 (en polaco).

[8] Se practicaron sobre los ejecutados nuevos sistemas que provocaron largas agonías: dosificaciones distintas de las sustancias venenosas que se introducían en la cámara de gas, introducción de vapor en las cámaras para reducir el oxígeno… (Grossman, El infierno de Treblinka”, 540-41).

[9] Chil Rajchman narra como la primera vez que le destinan a enterrar cadáveres, de los treinta prisioneros que habían comenzado la labor con él, sólo quedan seis, los que han conseguido trabajar más rápido y han aguantado la fatiga. Al resto les habían ido disparando en la cabeza al borde de las fosas, para que cayesen sobre los cadáveres que estaban enterrando (Rajchman, Treblinka., 60). Él mismo recuerda que, en su primera noche como acarreador de cuerpos, un compañero le confiesa que lleva allí, ejecutando esa labor, ya diez días. Aunque nadie lo sabe, porque en general a nadie se le deja vivir tanto: cada jornada se fusilan a decenas de trabajadores y se reclutan otros nuevos entre los recién llegados, para que los prisioneros no se relacionen entre ellos (Rajchman, Treblinka,  68).

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