Pintor Alejandro Cabeza 2009
Con una precisión casi quirúrgica, los rasgos del rostro humano actúan como un mapa de pasiones donde la ironía, el orgullo, el cinismo o la hipocresía se dibujan mediante mínimos accidentes anatómicos. El retrato, por tanto, nunca es una simple copia inerte, sino el espejo implacable donde el gesto desvela la verdad íntima de la psicología humana.
Sin embargo, esta capacidad de descifrar la fisonomía evoluciona de la mano de nuestra propia madurez. En la juventud, la mirada se deja cautivar por la exuberancia, la audacia y la promesa sensorial del descaro. Pero el transcurso de los años reconfigura nuestra sensibilidad estética y moral. Con la experiencia, el vértigo de los excesos pierden su magnetismo y deja paso a una serena fascinación por la mesura, la decencia y la virtud silenciosa.
Surge entonces la inevitable pregunta sobre la verdadera naturaleza del buen gusto. La respuesta no reside en la rigidez de un canon absoluto, sino en la metamorfosis de nuestra propia mirada a lo largo de la existencia. Si en los años tempranos la belleza se confunde con la simple provocación del placer, la madurez la encuentra en la armonía moral, demostrando que nuestra apreciación del arte y de la vida es, en esencia, el reflejo de lo que hemos llegado a ser.
El resultado de este retrato se traduce en un retrato de ejecución suelta y desprovista de rigidez, que evoca la impronta de aquellos autores decimonónicos australianos consagrados a la integración de la figura humana en escenarios de fondos vibrantes. Conteniendo el exceso cromático, transito por esta vía de menor formalismo donde la corporeidad se compenetra con el entorno, aprehendiendo el instante con eficacia y equilibrio compositivo. En efecto, la experiencia demuestra que, por encima de cualquier tentativa idealizadora, es el naturalismo riguroso el vehículo idóneo para desvelar la genuina esencia del retratado.
A este respecto, cabe subrayar que el arte y la pintura constituyen disciplinas cardinales que jamás deben ser subestimadas ni reducidas a pasatiempos triviales o meras herramientas terapéuticas, tal como frecuentemente pretenden ciertos sectores especializados. Del mismo modo, resulta improcedente concebirlas como simples actividades de ocio o como transacciones comerciales frívolas supeditadas exclusivamente a la ornamentación. Sostener semejante perspectiva denota una grave carencia de conciencia en cuanto a los valores culturales e históricos que cimentan nuestra tradición.
Se impone, por consiguiente, reivindicar que tanto las artes plásticas como la música y la literatura representan cauces vitales de expresión indisociables de la condición humana, cuyo impacto en el tejido social es hondo y transformador. Fomentar el respeto inquebrantable hacia estas esferas del saber se erige en un requisito ineludible para la consolidación de una comunidad próspera, ilustrada y educada.
Pintor Alejandro Cabeza.




