Pintor Alejandro Cabeza 2019
Considero el retrato uno de los géneros principales en la pintura, una suerte de liturgia visual donde el lienzo se convierte en el escenario de un diálogo mudo pero elocuente. Ante la figura de un autor de la profundidad de Pío Baroja, la técnica debe rendirse a la observación minuciosa de ese rostro esculpido por la palabra y el tiempo. ¿Qué actividad puede revelarse más noble que el estudio del ser humano? Creo sinceramente que tras su práctica se esconde un mecanismo psicológico: la búsqueda de muchas de las preguntas sin respuesta, una indagación que traspasa la dermis para hallar la esencia del individuo.
Cada retrato refleja una parte de vida que el artista ha de extraer del modelo, un proceso que requiere una sensibilidad casi quirúrgica para desentrañar la verdad que habita en la mirada. El pintor ha de saber advertirla, captarla y plasmarla, transformando el óleo en memoria viva. En el caso de Baroja, sus rasgos no son solo fisonomía, sino el mapa de una generación y de una actitud ante la existencia; el pincel debe recorrer esos surcos con el respeto que merece quien hizo de la honestidad su estandarte. El acercamiento a lo humano puede hacernos mejores y más nobles; en nuestra imperfección, alimentamos la obsesión de encontrar alguna perfección a través del arte.
Al enfrentar este estudio psicológico del escritor vasco, mi pincelada ha buscado la sobriedad que su propia literatura dictaba, huyendo de lo superfluo para concentrarse en la intensidad del ser. Es en el contraste de luces y sombras donde el carácter del retratado emerge con mayor fuerza, revelando al hombre tras el mito literario. Esta obra no es solo una representación física, sino un testimonio de mi compromiso con la verdad pictórica, un esfuerzo por apresar el alma de quien tanto analizó la condición humana.



