Caballero con sombrero

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Retrato de Caballero - Autorretrato con sombrero / Óleo sobre tela 46 x 38 cm / Alejandro Cabeza / 2019 


En cierta ocasión, un “medio-pintor” me preguntaba, qué porque me pintaba autorretratos puesto que es un género de poca utilidad para la venta. Mi contestación fue contundente: porque es bueno, es interesante, porque me gusta y puede resultar revelador. Es un género que siempre se ha practicado a lo largo de la historia. Es gratuito, altruista con uno mismo, liberador y despreocupado. Educa y muestra verte como lo hacen los demás, -si una persona pudiese hablar con otro yo igual, se mostraría tan extraño y enriquecedor a la vez-. El que lo practica, encuentra otro concepto muy distinto del arte para alcanzar otras perspectivas de la pintura. Porque está impregnado de un sentimiento personal, a veces desgarrador. Porque el oficio irremediablemente te lleva a ello. Porque cada pintor tiene cosas dentro de una mirada pudiéndolas sacar a través de un reflejo. Porque puede ser un punto de partida. Son mi huella, mi reverberación. Porque quizás te enseña a valorarte. Y, sobre todo, porque el autorretrato tiene algo de libertad que hace a los pintores más viscerales con sus obras, eso vale mucho en pintura. Y esto tiene su propia paradoja, “con lo que menos vas a ganar es con lo que más vas a ganar”.

Me he pasado media vida viendo cuadros, de unos y de otros, aquí y allá. He visto trabajos descuidados, desprovistos de mensaje, pintados con aparente indiferencia, grandes proyectos frustrados, cosas absurdas y, a veces, desagradables… Y todos ellos tenían un elemento en común: todos esos cuadros, casualmente, estaban rodeados por espectadores que los aclamaban como si de grandes obras de arte se tratase. Y todo para que luego muchos de esos autores abandonasen la pintura y se dedicasen a otros menesteres. Descorazonador. Aunque por otro lado los buenos pintores quizá salgan beneficiados de esta circunstancia: cuanto más grises se muestren algunos autores, más brillarán, indirectamente, los verdaderos maestros.

La formación de un pintor es producto de la experiencia y la trayectoria personal; pero también, y mucho, de las lecturas sobre arte que se hayan realizado y de cuánta pintura se haya visto. Muchas de las cosas que he aprendido en mi carrera como pintor, las he aprendido en los libros. Sobre todo, porque quienes escribieron esos libros pasaron antes que nosotros por nuestras mismas vicisitudes u otras muy similares. Aunque a veces la interpretación de esos textos se vuelve muy compleja. Los libros de color, por ejemplo, resultan difíciles, física pura. Casi parece como si se hablara en otro idioma.

La escuela también se revela fundamental en la formación de un buen pintor. Yo tuve la suerte de contar con excelentes profesores, e intenté aprovechar sus enseñanzas. No existe libertad sin formación previa.



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