Es la célebre idealización del retrato de Alonso Quijano, el insigne personaje de El Quijote. Este noble caballero se preocupa más por los demás que por sí mismo, reflejando la lucha por ideales elevados y la búsqueda incesante de un mundo mejor a través de la lente de la locura.
Aunque la caricatura resultaría útil ante la excentricidad del personaje, mi representación se centra en la realidad de un hombre, en un sencillo rostro de mirada recelosa. Lo interpreto mirando al espectador, con presencia solemne, encuadrado en un cuello blanco y sujetando firmemente un manuscrito, capturando el instante preciso antes de que «del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro».
Don Quijote es un espejo de la humanidad. En esta obra he buscado un poco de Lope, de Quevedo, de Góngora o del mismo Cervantes, pues la pintura permite estas confluencias del mismo modo que la literatura. Su figura trasciende el tiempo para convertirse en un arquetipo universal, por el pintor valenciano Alejandro Cabeza.



