Antonio Buero Vallejo

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Retrato de juventud de Antonio Buero Vallejo / Óleo sobre tela / 2015
Colección del Museo Nacional del Teatro ( http://museoteatro.mcu.es )


Con mi retrato de juventud de Antonio Buero Vallejo regreso a un tratamiento del claro oscuro que ya viene siendo habitual en algunas de mis obras. Como en otras ocasiones, esa técnica propicia que toda la atención se centre sobre el retratado, creando al tiempo un entorno teatral, casi escénico, muy en consonancia con el personaje y sus singulares facciones. El resultado final me agrada especialmente entre otras cosas porque, sin perder hondura, lo aproxima a un galán de cine.

No descarto trabajar en otros nuevos trabajos sobre su figura. Estoy seguro de que lograría sacarle mucho partido a su particular fisonomía.

Sin duda pintar a Bueno Vallejo ha supuesto una experiencia excelente. Hay cuadros que empiezan bien y otros que empiezan mal, y cuando el pintor advierte que tiene delante uno de los primeros, ha de aferrarse a ellos con toda la inteligencia y sensibilidad de las que sea capaz. Porque esos cuadros tienen la virtud de marcar un antes y un después. Con ellos, tanto por ejecución como por elección, el autor se enriquece. Y posteriormente sirven de referencia para sucesivas obras.





Afirmaba William Drummond: “Aquel que no quiere razonar es un fanático, el que no sabe razonar es un tonto y quien no se atreve a razonar es un esclavo”. Buero Vallejo persiguió siempre la luz de la razón, indisolublemente unida al bálsamo de la mesura y la tolerancia. Fue esencial para una sociedad herida y maltrecha. Desde la disciplina teatral, trabajó para liberar al hombre de las tinieblas que lo atan y ofuscan, tan a menudo alimentadas por un poder corruptor, ni legítimo ni noble. Si hacemos un recorrido por su fecunda obra, si observamos a sus personajes, ya sean héroes o antihéroes, el eco de una reconfortante reflexión de Henry George resuena en nuestros oídos: “Quien quiera que sea y dónde sea que esté, el hombre que piensa se convierte en luz y potencia”. Pues Bien, Buero iluminó y sigue iluminando hoy en día: él aportó luz y potencia a un mundo que sin su figura y su obra hubiese seguido siendo infinitamente más oscuro.
                                                                                Salomé Guadalupe Ingelmo, Sobre Antonio Buero Vallejo




ESCAPAR DE LA CAVERNA
Salomé Guadalupe Ingelmo


A Antonio Buero Vallejo, paladín de la luz



En el cuarto oscuro de las fotos
dejo una postal
con un ciruelo en flor.
Niji Fuyuno


Mantén tu rostro hacia la luz del sol y no verás la sombra.
Helen Adams Keller


Se va haciendo una luz tenue. En primer plano, las paredes de un túnel excavado en una roca de cartón piedra inconfundiblemente negra: estamos en una mina de carbón. Al fondo del escenario, un cuerpo aovillado da la espalda al espectador. Se alza y avanza encorvado, torpemente, como si casi hubiese perdido el hábito de vivir de pie, hacia el patio de butacas. Se para más o menos en el centro del escenario. Sus ropas están hechas jirones y, como todo él, tiznadas de negro. La barba entrecana, larga y descuidada. Los ojos, hundidos y ojerosos. Está demacrado; pero su cuerpo fibroso, lejos de parecer quebradizo, se diría correoso e indestructible. Arrastra pesadamente algo, unos grilletes con una bola que entorpece su avance. Al aproximarse al público, éste puede ver que dicha bola es un globo terráqueo.
Sobre la noble cabeza lleva un casco de minero encendido. En una de sus manos sujeta un pico muy desgastado. Ha de ser un esclavo de Roma, condenado por el Imperio a vivir en la oscuridad. Probablemente habrá sido enviado a trabajos forzados por discrepar, por rebelarse y no aceptar sumisamente el destino impuesto por otros. O simplemente, por no haber nacido en el seno de la casta privilegiada.

ESCLAVO:

¿Qué veo al final del túnel? (Ilusionado por unos segundos.) A lo lejos, una luz se enciende. (Súbitamente suspicaz.) Pero podría tratarse de una trampa: son astutas sus artimañas… (Acariciando agradecido la linterna de su casco.) No, debo confiar sólo en la luz de mi cabeza.
¡Yo soy Espartaco! Esclavo me llaman porque de esclavo nací... Eso dicen ellos. Se empeñan en creer que encerrando a un hombre, encerrarán también su pensamiento. Que tratándolo como una bestia, se convertirá finalmente en eso. No entienden que con estas manos, con estas mismas dos manos, sólo con estas manos, un hombre puede cavar su fosa o construirse sus alas. Y salir volando del laberinto. (Mira hacia arriba, hacia un cielo que ni siquiera se adivina, melancólico pero aún esperanzado.) Con las mismas manos. (Con aire soñador, mientras agita la mano en la que no sujeta el pico.) Sus insensibles corazones no quieren aceptar que mi pensamiento es como un pájaro: siempre libre. Sus grilletes no pueden encadenarlo. (Repentinamente combativo.) Se obstinan en tenerlo prisionero de esta caverna oscura: quieren que sus alas se atrofien y su voz clara se quiebre; que deje de volar y cantar para que nadie pueda verlo ni oírlo. (Ahora, melancólico.) Y entonces, piensan, tendrán definitivamente la razón de su parte. (Persuasivamente, como intentando convencerse de sus razones: como si hubiese pasado tanto tiempo allí preso, que empezase a dudar incluso de ellas.) Pero no es razón la razón de la fuerza, sino argumento perverso. Y porque yo aún lo sé y lo digo, me tienen aquí encerrado, cautivo. (Gritando.) ¡No soy un animal! (En sobrecogedores susurros, con la mirada perdida y aterrada: quizá, sopesando la posibilidad contraria.) No lograrán convertirme en una bestia. Son rencorosos; no perdonan. No perdonan porque yo poseo lo único que ellos no pueden comprar con dinero. No me lo arrebatarán: soy dueño de un alma y un intelecto. (Irguiéndose, reconquistando un orgullo casi olvidado.) Y la oscuridad no puede confundirlos; ven con total claridad incluso en estas galerías, enterrados en vida. Ellos dos, sirviéndose de la persuasiva voz de la conciencia, me dictan lo que está bien y lo que está mal, lo que es justo y lo que resulta abominable. (Encendiendo el casco.) No, no he de fiarme de las apariencias: lo único cierto es la luz de mi propia cabeza.
(Soltando el pico y mirando las palmas encallecidas por el duro trabajo y, ahora, crispadas.) Si pudiese excavar en la conciencia ajena, lo haría con mis manos desnudas. (Apretando los puños, con decisión y entusiasmo.) Dejaría las uñas y la vida en ese intento. (Definitivamente desalentado.) Pero temo descubrir lo qué hay debajo: en algunas conciencias cuanto más excavas, más suciedad encuentras. Las hay negras como la pez. Hondas como un pozo sin fondo, por cuyas altas paredes ni la lucidez ni la piedad trepan.
(Apoyando la mano sobre una de las paredes de la gruta.) Hasta esta roca firme, que parece eterna, ha de quebrantarse un día bajo el peso de mi acometida. Si no es hoy, será mañana. Si no es mañana, será otro día. (El volumen de su voz ha ido aumentando, recobrando convicción.) Si he excavado hasta aquí, puedo excavar también hasta alcanzar la huida. La manumisión es sólo cuestión de tiempo, obra de perseverancia.
Del techo se descuelga una reja lentamente, mientras el personaje avanza. Para cuando llega al borde del escenario, ésta se encuentra ya a la altura de su cara. Se aferra fuertemente a los barrotes y mira a lo lejos, hacia lo alto.
(Serenamente.) Pido la voz por derecho. Porque aún me queda, quieran ellos reconocerlo o no, la palabra.
Entonces abre la boca y de ella sale una mariposa blanca de gasa que, enganchada a hilos trasparentes lo suficientemente gruesos como para que resulten bien visibles, revolotea artificialmente en la misma dirección de la mirada. Un foco la sigue en su vuelo mientras se aleja, al tiempo que la luz en el escenario disminuye. Hasta que la mariposa está tan lejos que la oscuridad se vuelve total.

TELÓN

Abuela durmiendo

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Abuela durmiendo - Alejandro Cabeza    "Óleo sobre lino 100 x 73"


Durmió. Más por hastío que por verdadero sueño. Más por evadirse que por perseguir el inalcanzable descanso. Estaba rendido; se dijo que esconder la cabeza bajo la cobija, abandonarse en brazos de la indolencia, de la absorbente blandura del olvido, sería delicioso y reparador. Reconfortante pausa de la diaria contienda. Parecía tan buena idea… Un día cerró los ojos sin más y cortó los puentes con la realidad. La lucidez apagó la luz y se deslizó plácidamente hacia el lugar más oscuro de la conciencia. Se replegó al bastión inexpugnable de la indiferencia, donde ‒pensaba‒ ya nada podría alcanzarle. Durmió con una contumacia cercana a la muerte. Durmió de un tirón un sueño opresor y adulterado. Un sueño inducido y artificial: un sueño inoculado y dirigido. Un sueño incalculable y de incalculables consecuencias. Durmió, lo suficiente para perder la noción del tiempo, un sueño sin sueños. Durmió, hasta olvidarse de sí mismo, un sueño pegajoso y asfixiante. Un sueño parasitario que le desgastó en lugar de repararle. Y un día, sin más, despertó. Volvió exactamente como se había ido. Abrió los ojos sin saber muy bien por qué, sin causa aparente. Despertó y se descubrió en un paisaje desconocido. De familiar, sólo la profunda huella que su cabeza había dejado en el suelo: un enorme hueco vacío, sima insoslayable, insalvable abismo, único testigo de los años perdidos en un letargo estéril. Alrededor, oscuridad y silencio. Y pudo ver fosa pero vio seno: matriz expectante y prometedora. Se dijo que la nada es también oportunidad para otro comienzo. Y proyectó llenar ese pozo con un mundo distinto al que había conocido, uno mejor concebido y más proporcionado, donde cada elemento tuviese su lugar y éste fuese respetado; donde todo cupiese en armonía. Se desperezó y miró hacia lo alto, pero ya no había sol ni cielo. “He dormido demasiado”, dijo. “Ahora es necesario construir de nuevo”.

                                                           (Salomé Guadalupe Ingelmo, Sobrevivir a la  narcolepsia)



Pedro Ávila

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Retrato de Pedro Ávila / Óleo sobre tela / 2014



Fragmento estraido de la entrevista concedida en exclusiva al artista y editor Anton Psak y publicada originalmente en inglés en la siguiente Web.  Entrevista en Español


¿Cuál es su mayor logro artístico hasta la fecha?

Cada año me impongo lograr nuevas metas, lo importante es no perder el entusiasmo por la profesión. Diría que mi principal logro consiste en seguir aprendiendo y pintando mucho cada día. Pero como entiendo que usted se refiere a otra cosa, imagino que entre mis mayores éxitos debería considerar el tener obras mías en varios museos, instituciones y centros públicos de España. También el contar con una numerosa obra repartida por diversos países del mundo, desde Argentina a Finlandia, tanto en colecciones privadas como en instituciones. Una de mis últimas satisfacciones, una de las mayores en realidad, ha consistido en ver colgado un retrato mío en uno de los salones de la sede principal de la Real Academia de la Lengua Española, en Madrid. Allí permanecerá pues ha pasado a formar parte de sus fondos. Se trata de un retrato de la ilustre escritora y académica de la lengua Doña Ana María Matute, fallecida en el presente año. Me conmueve especialmente pensar que esa obra está en el lugar que le corresponde: aún entre los compañeros que la quisieron y admiraron. En su momento supuso también una gran emoción ver mi libro Luz Valenciana publicado en el 2001, cuando tenía 30 años. Actualmente considero un privilegio seguir pintando a personalidades del mundo de la cultura y más concretamente de la literatura.


-¿Cuáles son sus planes para el año entrante? 

Para empezar, tengo previsto realizar algunos retratos más de personajes relevantes del mundo de la cultura que irán a engrosar una ya muy extensa colección personal. Desde luego seguiré adelante con la serie de retratos de la escritora Salomé Guadalupe Ingelmo, compuesta en la actualidad por una veintena de obras pero que seguramente acabará siendo bastante más extensa. También me he comprometido a realizar el retrato del poeta que resulte ganador de la próxima edición, ya la novena, del Concurso Internacional de Literatura “Ángel Ganivet” que se convoca en Finlandia. Además una importante institución colombiana ilustrará un libro de narrativa y poesía con algunos de mis cuadros. Sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, mis planes para el año que entra consisten en pintar con la misma pasión de la adolescencia. Trabajar constantemente y seguir descubriendo la grandeza de la pintura.



HOMBRES DEL NORTE
Salomé Guadalupe Ingelmo


Para Pedro Ávila

El horizonte está en los ojos y no en la realidad
Ángel Ganivet


Se despertó sobresaltado: en el sueño se ahogaba en un río de palabras contenidas que no alcanzaba a seguir tragando. Abrió los ojos y no vio. Ninguna luz se filtraba por las estrechas rendijas; los días habían ido volviéndose paulatinamente grises. El otoño avanzaba sin remisión sobre los cuerpos, despojándolos como a los árboles. Al otro lado del cristal –tan cerca pero tan lejos– bandadas de plumas blancas emprendían el vuelo. El sudor se le antojó mortaja y añoró el frío de los neveros. Dudó. Sólo por un instante. Miró hacia atrás y no reconoció la tierra. Vio que ya no merecía el esfuerzo. Definitivamente comprendió: estaba a tiempo de migrar en sentido inverso. 




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