Dimas Fernández-Galiano

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Retrato de Dimas Fernández-Galiano / Óleo sobre tela 73 x 54 cm / Aleandro Cabeza 2016 /
Colección Museo Provincial de Guadalajara .



"Con su sutil sonrisa que escondía un fino humor de dandi inglés", así lo recordaba, a su muerte, en la necrológica publicada en El País, Martín Almagro Gorbea, Académico de la Real Academia de Historia.  Y precisamente es eso lo que he intentado plasmar. Porque lograr capturar con fidelidad la expresión del modelo, y a través de ella cómo piensa y cómo se propone ante el mundo ‒con un mayor o menor sentido del humor; con una personalidad más firme o más indulgente‒ resulta esencial a la hora de retratar a una persona. En el fondo, son esos los detalles que marcan la diferencia entre un buen retrato y uno excepcional.

Al margen de ese estilo inglés tan de moda en el periodo de los grandes retratistas, en esta obra, más que en otras, practico una soltura que aquí se asocia concretamente a lo inacabado, algo que concede vigor y espontaneidad a la figura. Como si el personaje saliese de la nada; dejando atisbar las partes puras del lienzo y jugando con veladuras sutiles superpuestas. En realidad, bajo mi punto de vista, todo retrato debería dar sus primeros pasos así. Después, acabarlo o no habría de ser una decisión que el autor debería tomar, en cada caso, según las circunstancias.

Con el retrato de Dimas Fernández-Galiano sumo uno más a mi galería de personalidades en los ámbitos de la historia, arqueología, paleontología, geología, antropología, etnología, ciencias naturales y medicina en España. Con la que, paralelamente  a mi actividad como retratista de escritores sobresalientes, desde hace ya algún tiempo, decidí rendir homenaje también a determinados hombres de ciencia.

Este retrato de Dimas Fernández-Galiano, doctor en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid, forma parte de la Colección del Museo de Guadalajara, del que él mismo fue director. Fundado en 1838, el de Guadalajara es el Museo Provincial más antiguo de España. Desde 1973 su sede está ubicada en el Palacio del Infantado, un impresionante edificio construido a finales del siglo XV, sin duda la mayor joya arquitectónica de la ciudad. Las colecciones de su  sección de arqueología son las más cuantiosas del Museo, pues reúne, como muestras de la identidad cultural, todos los objetos procedentes de las prospecciones y excavaciones arqueológicas realizadas en la provincia. 

Dimas Fernández-Galiano estudió Historia y se licenció en la Universidad Complutense en 1974, donde pronto se interesó por la arqueología. Hijo de un reputado naturalista y crecido en el seno de una familia de humanistas, se reveló un gran lector. Quienes lo conocieron aseguran que gozó de un fino sentido crítico y de una prodigiosa intuición como arqueólogo. Este instinto innato fue cultivado, a su vez, con selectas lecturas y discusiones entre colegas, en las que se dice que destacaba su prudencia y diplomacia. 

Dimas Fernández-Galiano presidió la sección de arqueología de la Institución Provincial de Cultura Marqués de Santillana, fue cofundador de la revista Wad-Al-Hayara y promovió un Plan de Excavaciones Arqueológicas que valoró castros y necrópolis celtibéricas, como el poblado del Ecce Homo, en Alcalá de Henares.

En los últimos años preparaba un original estudio sobre la concepción cíclica del tiempo y de la historia en el Mundo Antiguo, opuesta a la actual perspectiva lineal ‒anacrónica para la Antigüedad‒. Esa prometedora obra, lamentablemente, permanecerá ya para siempre inacabada.

Ramón Cabanillas

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Retrato de Ramón Cabanillas Enríquez / Óleo sobre tela 55 x 46 cm /
Colección Casa-Museo Ramón Cabanillas / Cambados (Pontevedra)


Este retrato de Ramón Cabanillas, poeta representativo de la literatura gallega, forma parte de la colección de Casa-Museo del autor en su Cambados natal. Obra de corte clásico, refleja un Cabanillas de mediana edad procurando buscar su mirada más vital. Como en otros retratos de similar tamaño, mi objetivo ha consistido en lograr una obra suelta y fresca, que conservase la espontaneidad y crease una atmósfera apropiada para recrear el matiz y el tono inexistentes en la fotografía de época. Plasmar el aire, la luz, la armonía, la tez, la atmósfera y el movimiento son las claves que permiten pintar un gran retrato. A veces se consiguen dominar todas estas facetas y es entonces cuando se alcanza el virtuosismo. En otras ocasiones el pintor ha de conformarse con resolver elegantemente sólo algunas de ellas. Es un hecho irrefutable que cuanto más se estudia, analiza ‒las obras de los clásicos y las propias‒ y pinta, más se progresa. Los recursos en la profesión se conquistan sólo perseverando: trabajando cada día con el mismo entusiasmo del primero.

Ramón Cabanillas Cambados, Pontevedra, 1876-1959) es considerado uno de los escritores más destacados de la literatura gallega del siglo XX, aunque puede situársele más propiamente en una etapa de transición entre el siglo XIX y el XX. En vida se le denominó "Poeta de raza" y se le consideró el legítimo sucesor de Rosalía de Castro, Eduardo Pondal y Curros Enríquez. Poeta versátil y rico en recursos estilísticos, demostró sus dotes en numerosos registros: amoroso, religioso, cívico.... Apoyó el movimiento agrarista y perteneció a las Irmandades da Fala, lo que le convirtió en un símbolo del nacionalismo anterior a la Guerra Civil.

Después de cursar sus primeros estudios, ingresó en el Seminario de San Martiño Pinario (1889-1893), que le proporcionó una sólida formación clásica. Desde allí pasó a ejercer funciones burocráticas en su pueblo natal, en una notaría y posteriormente en el Ayuntamiento, donde trabajó durante diez años. Contrajo matrimonio con Eudoxia Álvarez y emigró a Cuba, en solitario, en 1910. 

En La Habana desempeñó labores como contable de comercio y administrador del Teatro Nacional, que era propiedad del Centro Gallego, para el que también dirigió el boletín El Centro y redactó unos nuevos estatutos. Regresó a Cambados en 1912, donde se reencontró con su esposa. Después de asistir a un mitin de Acción Gallega en Villagarcía, simpatizó con las ideas del movimiento agrarista de Basilio Álvarez. 

Ingreso en la Real Academia Española en representación de la lengua gallega el 26 de mayo de 1929. Además escribió teatro: O mariscal (El mariscal) y A man da santiña (La mano de la santiña). Tras pasar un tiempo en el Monasterio de Samos, vuelve a Cambados, donde fallece el 9 de noviembre 1959.


Ramón J. Sender

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Retrato del escritor Ramón J. Sender / Óleo original 46 x38 cm  / Alejandro Cabeza 2015 /
Colección del Instituto de Estudios Altoaragoneses / Huesca



En Ramón J. Sender he encontrado y –espero– plasmado una fisonomía peculiar. Como en realidad sucede en casi todos mis retratos de personajes ilustres del mundo de las letras o las ciencias. Sender ofrece un rostro de  facciones singulares y muy  representativas que lo identifican –más allá de su barba y bigote, especialmente sus características cejas densamente pobladas–, aderezado además por complementos que lo enriquecen desde el punto de vista plástico, como sus inconfundibles gafas de pasta negra, tan al gusto de la época. Pero, sobre todo, en él cautiva su expresiva mirada: inteligente, en ocasiones mordaz y a menudo desencantada. 

Mi retrato es un cuadro de dimensiones modestas, que sin embargo implica un profundo estudio del personaje apoyado especialmente en sus entrevistas. Captar al personaje en su esencia, en la fugacidad del movimiento, del momento, mediante la espontaneidad y la naturalidad a la hora de ejecutar la pincelada, ha sido mi principal objetivo. Especialmente por tratarse de un personaje enérgico y aparentemente de fuerte personalidad. La soltura en la pincelada, por otro lado, facilita la frescura y vivacidad, cualidades tan valiosas en el arte y que a menudo peligran o se echan a perder cuando se insiste en exceso con los retoques o se cultiva una meticulosidad obsesiva en el dibujo. Porque la sencillez y la simplicidad se revelan valiosos recursos.

Han de ser muy escasos, cuando no inexistentes, los retratos de Ramón J. Sender. Al menos yo no los conozco. El único que he tenido oportunidad de ver es un autorretrato ejecutado por él mismo. Pues, como Antonio Buero Vallejo, tuvo sensibilidad para la pintura y su inclinación hacia las artes plásticas dio como fruto algunas obras. Sin embargo, como a menudo sucede con nuestros escritores más famosos, sí que son numerosos los dibujos, bocetos o caricaturas que otros artistas realizaron sobre él. La producción literaria de Sender, no obstante, justifica sobradamente un retrato. De hecho, una vez más, me sorprendo de la ausencia de retratos precedentes; de ese vacío que en la pintura española de los dos últimos siglos se ha generado alrededor de enormes iconos literarios, ignorados o escasamente retratados ‒generalmente, además, por pintores amigos‒. 

La figura de Ramón J. Sender me lleva, inevitablemente, a recordar uno de los mayores iconos de la pintura española: Francisco de Goya, el aragonés por excelencia, el pintor internacional que sitúa Aragón definitivamente en el mapa. Goya, por circunstancias de la época que le toco vivir, acabo exiliándose y muriendo en Burdeos (Francia). Algo similar le sucedió a Sender, que por hechos históricos bien conocidos, emigro a Estados Unidos, falleciendo en San Diego (California).

Actualmente Sender no es uno de los autores más conocidos por el gran público español. El mayor exponente literario aragonés debería haber sido especialmente admirado en su tierra y reivindicado por ella; pero seguramente nadie es profeta en su patria, ni en la chica ni en la grande. No obstante, este retrato descansa ya, como yo deseaba y como creo que a pesar de todo él habría deseado, en Huesca. Descansa en un lugar donde, en efecto, lejos de pasajeras modas y superficiales convencionalismos, de hipócritas usos partidistas del arte y el talento, se estudia con imparcialidad ‒sin censurables prejuicios, sin castradores complejos ni estúpido chovinismo‒ y se aprecia sinceramente su persona y su obra: en el Instituto de Estudios Altoaragones, una institución de amplia trayectoria y sólida reputación científica que desde hace algún tiempo acoge el Centro de Estudios Senderianos.

Ramón J. Sender nació en Chalamera de Cinca (Huesca) el 3 de febrero de 1901 y falleció en San Diego (California), 81 años después, el 15 de enero de 1982. Tomó parte en las guerras de Marruecos en la década de 1910 a 1920. A su regreso se instaló en Madrid, donde trabajó como periodista en El Sol hasta 1929, fecha en la que empezó a escribir para periódicos más radicales. Aunque participó en actividades anarquistas, desencantado, se hizo comunista, ideología de la que más tarde, durante la Guerra Civil española, acabaría renegando también. En 1938 se exilió a Francia y posteriormente a México ‒donde permaneció sólo brevemente‒ y Estados Unidos. A su muerte en 1982, sus cenizas fueron dispersadas en el océano Pacífico. Atrás quedaba una vida comprometida, un exilio primero forzado y luego voluntario y una obra vastísima, de carácter realista, que analiza con crudeza la sociedad desde una óptica revolucionaria. Sus libros han hecho de Sender en un clásico de la literatura española del siglo XX.


Mariano de la Paz Graells

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Retrato de Mariano de la Paz Graells / Óleo 39 x 53 cm / Colección del Real Jardín Botanico de Madrid


Mariano de la Paz Graells y de la Agüera (Tricio, La Rioja, 24 de enero de 1809 - Madrid, 14 de febrero de 1898) fue médico, naturalista y político. Máximo representante de las ciencias naturales en el periodo isabelino, su presencia dejó huella en las instituciones científicas del momento.
Clave en el despegue de la carrera científica de Graells fue la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, de la que formó parte desde 1835, año en el que fue admitido como académico en la sección de Zoología por unanimidad gracias a una memoria titulada Relación de los insectos que atacan a los olmos, moreras y álamos de los paseos interiores y extramuros de Barcelona. Poco después pasó a hacerse cargo de la cátedra de Entomología. Aunque describió infinidad de nuevas especies de insectos, el nombre de Graells ha quedado asociado al de una mariposa, la Graellsia isabellae, descubierta en 1848 durante una de sus excursiones y dedicada a la soberana Isabel II.
En 1837 Graells se instaló en Madrid, donde acababa de ser nombrado profesor interino de Zoología del Museo de Ciencias Naturales. Desde la Cátedra de Zoología del Museo, inició la elaboración de un catálogo sistemático de las colecciones zoológicas del Museo, centro del que será nombrado director en 1851. Durante dieciséis años siguió siendo el máximo responsable de la institución, director único del Gabinete de Historia Natural, del Jardín Botánico y, por un breve periodo, del Jardín Zoológico de Aclimatación.
Graells desarrolló un especial interés por la aplicación de la ciencia. El enfoque práctico en sus planteamientos primó a lo largo de su carrera, y de él se benefició la vida científica de Madrid. Uno de sus principales proyectos fue la creación en la capital de un jardín zoológico de aclimatación instalado en el recinto del Jardín Botánico. Allí se llevaron a cabo ensayos de connaturalización de especies animales con interés ganadero, como los avestruces, las llamas o los canguros. Otro de sus proyectos de Zoología aplicada consistió en cultivar especies acuáticas: a él se deben la primera piscifactoría, creada en La Granja en 1867, y la introducción de los cultivos marinos de ostras y mejillones.


La Octava Pasajera 
Salomé Guadalupe Ingelmo   
         
Por la cuarta década del siglo XXI, fue aclimatada en la 
Tierra la flor más hermosa que jamás había sido conocida. 
                                     Tomás Salvador, La flor maravillosa



CUADERNO DE BITÁCORA DE LA NAVE DEMÉTER:
18 DE JULIO. Hemos acabado de cargar las muestras recogidas. También hemos almacenado en las bodegas algunas cajas con tierra. Nuestro botánico sostiene que su exhaustivo análisis permitirá determinar si, en un futuro, podremos convertir el planeta rojo en una colonia autosuficiente. Nos disponemos a abandonar la base. Regresamos a casa.
20 DE JULIO. En nuestras exploraciones por la superficie del planeta descubrimos, cerca de un farallón, algunos restos dispersos de lo que parece haber sido una pequeña nave o una sonda. Quizá, una de las muchas enviadas durante décadas y con las que la Tierra perdió contacto para siempre. Según los comentarios jocosos de algunos periodistas, seguramente a manos del hambriento Gran Vampiro Galáctico. Entre esos vestigios, un objeto llamó nuestra atención de inmediato: una curiosa cápsula estanca de unos treinta centímetros en cuyo interior se vislumbraban unas bolitas. Al agitarla como una maraca, producía un ruido cautivador de efecto relajante, muy similar al de los sonajeros fabricados para tranquilizar a los niños. Hemos decidido llevarla con nosotros por si un detenido estudio permite su identificación y facilita información sobre los restos entre los cuales fue hallada.
25 DE JULIO. Al cabo de unos días manipulando la cápsula, nuestro geólogo ha dado accidentalmente con el modo de abrirla. El mecanismo de cierre era efectivamente complejo. No parece que el contenido justifique tantas precauciones. Tras una inspección preliminar, nuestro botánico ha concluido que las misteriosas bolitas han de ser en realidad de naturaleza orgánica: en concreto, semillas. No sabemos cuánto tiempo llevarían allí abandonadas cuando las encontramos, y por lo tanto no existe certeza alguna sobre su viabilidad. No obstante, todos pensamos que constituiría una grata distracción, durante nuestro viaje de vuelta, intentar germinarlas. Realizaremos el experimento sólo con unas pocas y conservaremos cuidadosamente el resto en la misma cápsula donde las encontramos, de tal forma que puedan ser analizadas a fondo a su llegada a la Tierra. Nuestro botánico ha preparado una mezcla de sustrato marciano y fertilizantes orgánicos añadidos. De este modo nuestro ensayo servirá, a un tiempo, para comprobar la reacción de los vegetales ante el suelo del planeta.
26 DE JULIO. Finalmente hemos decidido plantar siete de esas semillas, una por cada miembro de la expedición. Cada uno de nosotros le ha puesto un nombre a la suya y, a diario, vigilamos expectantes sus progresos. Hemos cruzado apuestas: la primera en nacer le proporcionará a su padrino, una vez hayamos regresado a casa, una suculenta cena en el mejor restaurante de la ciudad. Se han convertido en lo más parecido a mascotas que podemos permitirnos aquí. Dado que el tiempo discurre lento, nos ofrecen ilusión y entretenimiento.
1 DE AGOSTO. Las semillas han germinado sorprendentemente deprisa. Todas, las siete, reventaron la tierra que las cubría en sus respectivas macetas con un sonoro “¡pop!”, al tiempo que sus dos cotiledones se desplegaban vigorosamente. Lo hicieron al unísono, como si alguna fuerza desconocida mantuviese sus biorritmos escrupulosamente sincronizados. Nuestro botánico está perplejo, asegura no haber visto nada igual. Ansía el momento de poder estudiar a fondo esta curiosa forma de vida…

Salomé Guadalupe Ingelmo, “La Octava Pasajera” (fragmento), Calabazas en el Trastero: Dark Space Opera, Editorial Saco de Huesos 2016.


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