Pintor Valenciano

Horacio Quiroga

Alejandro cabeza, pintor Valenciano
Retrato de "Horacio Quiroga" / Óleo sobre Lienzo / 2014



Un hombre a su lengua pegado
Sin la tolerancia y la indulgencia, sin la equidad y la prudencia, el ser humano se convertiría en una simple caricatura de su naturaleza. Los de juicio ligero e inflexible hacia el prójimo pero laxo hacia ellos mismos, los que critican raudos en otros sus propios defectos ‒entorpecida la vista por la viga de su ojo‒, han quedado reducidos a meros apéndices de su soberbia lengua.
                         Salomé Guadalupe Ingelmo

Horacio Quiroga, La lengua (fragmento)
Yo propongo esto: ¡A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calumniando, arránquesele la lengua, y se verá lo que pasa! […]
‒Abre más la boca ‒le dije.
Felippone la abrió. Metí la mano izquierda, le sujeté rápidamente la lengua y se la corté de raíz.
¡Plum! ¡Chismes y chismes y chismes, su lengua! Felippone mugió echando por la boca una ola de sangre y se desmayó.
Bueno. En la mano yo tenía su lengua. Y el diablo, la horrible locura de hacer lo que no tiene utilidad alguna, estaban en mis dos ojos. Con aquella podredumbre de chismes en la mano izquierda, ¿qué necesidad tenía yo de mirar allá?
Y miré, sin embargo. Le abrí la boca a Felippone, acerqué bien la cara, y miré en el fondo. ¡Y vi que asomaba por entre la sangre una lengüita roja! ¡Una lengüita que crecía rápidamente, que crecía y se hinchaba, como si yo no tuviera la otra en la mano!
Cogí una pinza, la hundí en el fondo de la garganta y arranqué el maldito retoño. Miré de nuevo, y vi otra vez ‒¡maldición!‒ que subían dos nuevas lengüitas moviéndose...
Metí la pinza y arranqué eso, con ellas una amígdala...
La sangre me impedía ver el resultado. Corrí a la camilla, ajusté un tubo, y eché en el fondo de la garganta un chorro violento. Volví a mirar: cuatro lengüitas crecían ya...
¡Desesperación! Inundé otra vez la garganta, hundí los ojos en la boca abierta, y vi una infinidad de lengüitas que retoñaban vertiginosamente... Desde ese momento fue una locura de velocidad, una carrera furibunda, arrancando, echando el chorro, arrancando de nuevo, tornando a echar agua, sin poder dominar aquella monstruosa reproducción. Al fin lancé un grito y disparé. De la boca le salía un pulpo de lenguas que tanteaban a todos. ¡Las lenguas! Ya comenzaban a pronunciar mi nombre...


Pulcritud en el alma
Los principios son impermeables a enjuagues circunstanciales o simplemente no son. De hecho, una vez ensuciados, resulta inútil pretender lavarse las manos. Puedes restregar con ahínco; a la conciencia pertenecen siempre las manchas más tenaces.
                         Salomé Guadalupe Ingelmo

Horacio Quiroga, Los guantes de goma (fragmento)
Desdémona no vivió sino lavándose las manos. En pos de cada ablución mirábase detenidamente aquellas, satisfecha de su esterilidad. Mas poco a poco dilatábanse sus ojos y comprendía bien que en pos de un momento de contacto con la manga de su vestido, nada más fácil que los microbios de la terrible viruela estuvieran trepando a escape por sus manos. Volvía al lavatorio, saliendo de él al cuarto de hora con los dedos enrojecidos. Diez minutos después los microbios estaban trepando de nuevo.
Así el cepillo devoró la epidermis y aquellas quedaron en carne viva. El último médico, informado de los fracasos en todo orden de sugestión, curó aquello, encerrando luego las manos en herméticos guantes de goma, ceñidos al antebrazo con colodiones, tiras y gutaperchas.
‒De este modo ‒le dijo‒ tenga la más absoluta seguridad de que los microbios no pueden entrar. A más, debo decirle que en el estado en que están sus manos, a la menor locura que haga puede perderlas.
‒¡Si sé que son locuras mías! ‒reíase confundida.
Y fue feliz hasta el preciso momento en que se le ocurrió que nada era más posible que un microbio hubiera quedado adentro. Razonó desesperadamente y se rió en voz alta en la cama para afirmarse más. Pero al rato la punta de una tijera abría un diminuto agujero en los guantes. Como era incontestable que los dos microbios saldrían de allí, tendiose calmada. Pero por los agujeros iban a entrar todos... La madre sintió sus pies descalzos.
‒¡Desdémona, mi hija! ‒corrió a detenerla. La joven lloró largo rato, la cabeza entre las almohadas.
A la mañana siguiente la madre, inquieta, levantose muy temprano y halló al costado de la palangana todas las vendas ensangrentadas. Esta vez los microbios entraron hasta el fondo...


La buena samaritana

Alejandro Cabeza,retratistas españoles


Una vez más, la mano reveladora parece guiarme en la ejecución de este retrato de Salomé. Decido titularlo “La buena samaritana” por lo que su composición y ambientación me evoca. Formalmente también me recuerda a otra sibila pintada por mí, otro retrato de Salomé. No obstante creo que el tema de la samaritana permite introducir nuevos argumentos muy acordes con la personalidad de la modelo: con la visión de la humanidad y la justicia que tan a menudo ha defendido a través de sus textos; con unos principios que yo también comparto.

Todos estos temas provenientes de la tradición mitológica y religiosa griega, así como del mundo hebreo y más concretamente del Antiguo Testamento y los Evangelios, siempre me han atraído poderosamente. Ante esa misma fascinación ha sucumbido la pintura desde antiguo, pues permite dotar a determinados retratos y figuras de un mensaje añadido, de ése algo más que debería rodear al arte. Igual que los grandes maestros de la escuela española ya se inspiraban en argumentos surgidos dos mil años antes de sus periodos históricos, yo siento esa misma llamada de la tradición. Enfrentarse a estos temas implica aprender a admirarlos y sentirlos como propios. Y, lo más importante, enseña al pintor a emprender un acercamiento más humano, hacia lo humano. De alguna forma, es un camino de gnosis e iluminación. Por eso creo que el siguiente fragmento de un relato de Salomé ofrece magistralmente las claves con las que interpretar, en su compleja magnitud, el mensaje que subyace en el cuadro hoy presentado. Como si la Providencia, cuando ella lo escribió hace algunos años, hubiese previsto que un día nuestros caminos habrían de cruzarse y yo daría vida a su alter ego pictórico. Estaba escrito.

“Bienaventurados los sedientos” (fragmento)


―Prodigioso. Las gotas que rezuman y resbalan por la panza del enorme cántaro… Es sin duda vuestro bodegón más soberbio. Qué extraño. Parece casi como si las figuras fuesen saliendo a la luz progresivamente. Como si las tinieblas se fuesen disipando a su alrededor poco a poco, lavadas quizá por esa agua tan cristalina. Así iluminados, parecen casi figuras sacras. No se diría una escena cotidiana. Como si no se tratase de un aguador sino, Dios me perdone si blasfemo, del mismísimo Cristo ofreciendo el cáliz de la redención, el dulce fruto de su martirio y Pasión[1], el néctar de la reconciliación ―comenta sobrecogido.
El pintor sonríe casi imperceptiblemente
―Los puestos de los aguadores son tan angostos que apenas están iluminados. La única luz que llega hasta ellos es la que proviene del patio del corral, y lo hace siempre desde el frente. Por otro lado, como sabéis, el agua es tan valiosa en Sevilla que bien merece un lugar de honor en un cuadro. Porque, en efecto, quien tiene sed debe ser saciado ―se limita a decir.
Mientras conversa con el amigo sigue pintando su hermético mensaje[2]. Concentra su atención en el joven del fondo, el que aún reside en la penumbra de la que el contenido del vaso que apura le sacará en breve, saciándole de unos conocimientos que ni siquiera es consciente de ansiar. Sus ojos buscan después la escena principal, ésa en la que el aguador ofrece su experiencia al muchacho dentro de una copa, encerrada en ese higo, en ese fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal[3], iluminándole como él espera iluminar con ese cuadro a todos cuantos sepan leer la alegoría que encierra. El muchacho mira el evanescente vidrio con reverencia y respeto, embelesado aunque aún incapaz de comprender el secreto tesoro que se le ofrece. Los jóvenes dedos y la piel áspera del hombre maduro se rozan levemente mientras ese precioso testigo pasa de una mano a la otra. El corso tiende con elegancia el fino regalo, siguiendo las instrucciones recibidas del pintor. Sin embargo, algo empaña el gozo del momento. Algo turba al pintor. Algo enturbia el mensaje de su cuadro. Observa detenidamente el perfil anguloso. El gesto desabrido del corso acabará arruinándolo todo
―Procurad parecer un poco menos hosco ―pide sin lograr esconder su disgusto―. Imaginad que la copa que ofrecéis al muchacho no está llena de agua sino de salvación. Imaginad que rebosa la dulce sangre de Cristo.
El corso le mira extrañado, con una singular pesadumbre en el rostro. Porque dentro de ese cáliz primorosamente labrado, en efecto, él no ve agua cristalina sino sangre. Una sangre tan densa que jamás la podrá borrar, tan persistente que toda el agua de Sevilla no logrará lavarla jamás. Una sangre que su perpetuo destierro no podrá compensar.
―Qué has hecho, desgraciado. Corre, no pierdas tiempo en recoger nada.
―¿Qué podría recoger, si nada poseo?
―A partir de ahora ya no tendrás ni siquiera patria. Corre, Giacomo, corre. Si te encuentran, te matarán. Y ellos sabrán buscarte. Huye lejos, lo más lejos que puedas. No habrá perdón, lo sabes. No regreses jamás ―su padre se limita a estrecharlo entre sus brazos fugazmente. Contiene las lágrimas. Ese día pierde a su único hijo para siempre. El agua no correrá más en su casa.
Salta entre los riscos. Con cada zancada maldice ese temperamento que a menudo no es capaz de domeñar. Él, que rara vez se acuerda de Dios, ruega pidiendo recibir templanza un día. Y caridad, toda esa caridad que habría podido salvarle. Una discusión tan estúpida por una oveja, por una oveja que no debería haber bebido en ese arroyo… Y sin embargo, todas las criaturas deberían tener derecho a no pasar hambre ni sed, ahora lo sabe. Ahora, casi treinta años después y mil fatigas después, lo sabe bien. Pero entonces él era sólo un muchacho ignorante, un muchacho estúpido e impulsivo. La sangre se extiende, inunda el arroyo, fluye entre las piedras empapando el suave musgo que las viste y manchando el verde de las orillas. Ya nunca nada será lo mismo. Los colores jamás volverán a estar limpios. Porque jamás habrá redención ni reconciliación consigo mismo.
La voz aterrada del muchacho le salva de sus negros recuerdos.
―Creí que habíais acabado de pintar el agua, señor ―se disculpa el muchacho mientras la copa vacía tiembla entre sus manos.
―Es justo que quien tiene sed sea saciado ―el pintor le ofrece una leve sonrisa.
Y que quien padece hambre sea nutrido ―añade el corso. Extrae el higo maduro de la copa ahora vacía y lo ofrece con inaudita delicadeza al muchacho, como un pájaro alimentaría a su polluelo.
El día que el pintor da la última pincelada, su alma se aflige. El hombre generalmente sombrío, no sabe bien cómo, ha ido librándose de un peso que le aplastaba. En los últimos días ha sido incluso capaz de esbozar la tibia sonrisa que el pintor le pedía. Aunque no sepa precisar muy bien el qué, siente que ese cuadro le ha devuelto algo, algo que nada tiene que ver con el dolor que le ha acompañado toda la vida.
Mientras se disponen a abandonar el taller, escucha a sus espaldas la voz campechana que le agradece de nuevo su diligencia. No sólo les ha pagado bien, sino que además les ha tratado con respeto, les ha devuelto dignidad.
―Aguador, no me habéis dicho vuestro nombre ―grita Velázquez.
El corso se gira en el umbral de la puerta. Podría estar entrando o saliendo. Alguien recién llegado nunca podría saberlo. La mano derecha, apoyada con reverencia en el quicio, en ese símbolo del hogar que él, en el fondo, nunca podrá tener. La mano derecha, sobre la madera, como quien se dispone a jurar sobre el sacro libro.
―Cors… ―el corso duda unos segundos. Su rostro normalmente impenetrable parece revelar un profundo padecimiento. Pero luego, súbitamente, las sombras se disipan y la luz regresa―. Giacomo[4] ―dice con una voz inusualmente clara, tintineante como los arroyos de tierras lejanas.

(Salomé Guadalupe Ingelmo, “Bienaventurados los sedientos”, fragmento. El relato forma parte de la antología personal La imperfección del círculo: https://sites.google.com/site/salomeguadalupeingelmo/textos-en-linea )


Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez,Alejandro Cabeza,Retratistas  españoles
"Retrato de Gabriel García Marquéz por Alejandro Cabeza"


–¿Cuál es el cuento o la novela cuya lectura más le ha impresionado? ¿Por qué? ¿Cuándo leyó narrativa por primera vez y que recuerda al respecto? 
 
         Sin dudarlo, Cien años de soledad. La primera vez –evidentemente he vuelto a ella varias veces a lo largo de mi vida– debí de leerla con unos nueve o diez años. Inmediatamente después leí cuanto en casa había de García Márquez, empezando por Crónica de una muerte anunciada. Con él fue amor a primera lectura. Mi profesor de Literatura de entonces no lograba entenderlo: incomprensiblemente él odiaba Cien años de soledad. Esto nunca conseguí explicármelo y todavía hoy, que me considero mucho más tolerante, me cuesta aceptarlo.

Márquez, como un nuevo demiurgo, gracias a un lenguaje único y llamando a la vida mediante el poder de la palabra –igual que hace el propio Yahweh en el Génesis: “Dios dijo ‘¡haya luz!’ Y hubo luz” (Gn 1:3)–, como cuando durante la epidemia de insomnio José Arcadio salva el mundo del olvido y lo reinventa con su ingenioso sistema de pegar etiquetas sobre las cosas, construye un universo, uno del todo personal. Se parece sospechosamente al cotidiano; pero al mirarlo a través de sus ojos, súbitamente se puebla de magia y misterio.


En Cien años de soledad conviven lo prodigioso y lo ordinario, lo heroico y lo vulgar. Tiene la virtud de sublimar lo humano, o de acercar lo legendario al individuo corriente, según cómo se quiera interpretar. Evitando la idealización del personaje, pero consiguiendo suscitar, al tiempo, un mayor fervor hacia él. Algo en lo que se revelaron pioneros, dentro del mundo de la pintura, ese modelo de hybris que fue mi admirado Caravaggio –Por cierto, también se convirtió en el protagonista de uno de mis relatos–, quien no se abstuvo de buscar modelos sórdidos en los suburbios de Roma y llegó a pintar un Baco enfermo que se considera un autorretrato, o nuestro más discreto –al menos en la mayoría de sus obras, porque mucho debe Los borrachos, donde Baco, rodeado de las figuras más grotescas, bien podría encontrarse en cualquier taberna de mala fama, al padre del Tenebrismo– Velázquez, que representa a las Parcas como “modernas” hilanderas encuadradas en una escena intimista, a Marte como un guerrero de mediana edad en reposo, o a Vulcano como un vulgar herrero en el que nada de divino se advierte… El sevillano quizá se atreviese incluso a introducir un mensaje místico en El Aguador de Sevilla, teoría sostenida por algunos estudiosos de arte a la que se alude en mi relato “Bienaventurados los sedientos”. Recordemos además su Cristo en casa de Marta y María, donde la escena en la que Jesús se dirige a las hermanas de Lázaro pasa a segundo plano, mientras el autor se centra en los quehaceres de una vulgar cocinera –Algo que había hecho ya unos años antes Joachim Beuckelaer en otra obra con idéntico título, pero que no por ello deja de ser muy significativo y audaz–. Con la desmitificación de la iconografía católica se había atrevido también Caravaggio al pintar la Muerte de la Virgen, que fue ampliamente criticada por considerarse casi herético –Se dijo incluso que había tomado como modelo el cadáver de una mujer ahogada en el Tíber, y por tanto una posible suicida– el tratamiento de la madre del Señor: vientre hinchado, piernas descubiertas, piel verdosa y ausencia del aura con el que solían representarse las figuras celestiales.

Como los mitos de creación, las narraciones cosmogónicas y antropogónicas antiguas, Cien años de soledad intenta explicarse los orígenes –Sólo conociendo nuestro pasado podremos predecir nuestro futuro, aunque en este caso se revele de muerte–. Como en ellos, impera una visión fatalista; lo ineludible está muy presente –igual que en Crónica de una muerte anunciada–. El ser humano no puede escapar a su sino, que está escrito ya de antemano –en este caso, literalmente, en el pergamino de Melquíades–. Las sociedades antiguas a menudo cultivaban un pesimismo y un sentimiento de impotencia recalcitrantes. Es lógico, entonces el ser humano había de sentirse mucho más indefenso que ahora ante un mundo que apenas llegaba a comprender. En este sentido las ciencias, diría, nos han liberado de muchos temores. Y esto también nos ha permitido creer en dioses más benevolentes, en divinidades fundamentalmente de amor. Si nos fijamos, los dioses de la Antigüedad solían ser vengativos, caprichosos, tiránicos… Excesivamente humanos. El ser humano era sencillamente un siervo, un esclavo de sus voluntades. Y si desobedecía, incluso involuntariamente, era castigado. Pensemos en Mesopotamia, por ejemplo: el humano mesopotámico vivía convencido de que si caía en desgracia había de ser culpable, que seguramente habría enfurecido a algún dios con una actitud improcedente aunque no fuese consciente de ella. No existía el concepto de casualidad. El mal y el sufrimiento se interpretaban siempre como fruto del binomio acción-reacción. En efecto ello había de generar un sentimiento de culpa injusto. Pero también es cierto que resultaba cómodo porque permitía explicar, aunque la explicación turbase y doliese, cualquier desgracia que sucediese alrededor. Creo que el ser antiguo se enfrenta al mundo que le rodea como los niños: no es capaz de aceptar que algunas preguntas no tienen respuesta, que no todo tiene un porqué razonable. El concepto de fortuito no cabe en su cabeza porque escapa a su control e incluso a su cálculo. Ante eso se siente indefenso; esa posibilidad le crearía una enorme zozobra interior, algo que la humanidad ha superado sólo muy recientemente. Fíjese qué curioso, en acadio se emplea la misma palabra, arnum, para “crimen” y para “castigo”: acción-reacción. Diría que quiere decir bastante sobre la mentalidad de esta gente.  
García Márquez nos devuelve a un universo primitivo, poblado por fuerzas sobrenaturales y temores atávicos a los que la humanidad se ve sometida –como lo está en las tragedias clásicas o, a veces, en las de Shakespeare–. Un universo del que Melquíades, como otros dioses y héroes civilizadores de diversas culturas –Enki en Mesopotamia, Osiris en Egipto, Prometeo en Grecia, Odín en el ámbito nórdico, Bochica en Colombia, Quetzalcóatl en México, Viracocha en Perú…–, saca a quien se deja; en este caso a quien resulta permeable a la ciencia, a la experimentación y a la lógica empírica. Así, José Arcadio se convierte en su heredero, un héroe fundador como Rómulo, Teseo, Cadmo, Perseo y tantos otros. Él es un visionario, un iluminado que igual que sabe reconocer en el recién descubierto hielo el gran descubrimiento de nuestro tiempo, recibe la revelación sobre la fundación de Macondo y su nombre.  


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