Ignacio Bolívar y Urrutia

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Retrato de Ignacio Bolívar y Urrutia / Colección Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid


Esto nos atañe a todos, porque el extranjero no sólo es el otro, nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto: cada uno de nosotros es un extranjero en potencia. [...] Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización.

      Tzvetan Todorov, Discurso Premio Príncipe de Asturias de ciencias sociales 2008



León Felipe, Max Aub, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Ramón J. Sender, María Zambrano, José Gaos, Luis Buñuel… Muchos escritores e intelectuales españoles afines a la República escogieron para su exilio forzado México. […]

En México, tras pasar por Francia, se exilia también Ignacio Bolívar y Urrutia, el mismo cuya pasión alaba Antonio Machado en Juan de Mairena: “insigne Bolívar, cazando saltamontes a sus setenta años, con general asombro de las águilas, los buitres y los alcotanes de la cordillera carpetovetónica”. Bolívar fue el primer catedrático de Entomología de la Universidad española, el más importante entomólogo español, director del Museo de Ciencias Naturales de Madrid y del Jardín Botánico de Madrid, académico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y de la Real Academia Española. Presidente, además, tras la muerte de Ramón Cajal, de la Junta para la Ampliación de Estudios, por lo que se le puede considerar uno de los padres del actual CSIC español. Socio de honor de las Entomológicas de Boston, Bélgica, Francia, Bohemia, Brasil, Estocolmo y Londres, de la Real Zoológica de Bélgica y de la Portuguesa de Ciencias Naturales de Lisboa, escribió más de trescientos libros y monografías y descubrió más de mil especies nuevas y unos doscientos géneros nuevos. A él se debe, en México, la creación de la Asociación de Profesores Universitarios Españoles en el Exilio y la revista Ciencia. En la capital de México falleció a finales de 1944, tras haber sido nombrado Doctor honoris causa por la Universidad Nacional Autónoma de México. También su hijo Candido Bolívar, naturalista como su padre, se exilió en México junto con otros muchos científicos españoles prolíficos e ilustres.



Fragmento extraído de Salomé Guadalupe Ingelmo, El Pensamiento Destronado: Exilio Mexicano de las Letras Españolas, Revista Monolito XXII (febrero-marzo), México: 2016, http://issuu.com/juanmireles/docs/monolito_xxii , p. 11-20.
  




Antonio Machado

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Retrato de Antonio Machado / Colección Universidad Internacional de Andalucía

He conseguido provisiones para el viaje: galletas y carne enlatada. Andamos lenta e incansablemente. A primeras horas del 7 de febrero pisamos tierra francesa. Entregamos nuestras pistolas que hacen pirámide con otras. Tropas francesas distribuidas a todo lo largo de la cordillera divisoria. Junto a la bandera gala, la republicana. Muchos se cuadran ante ellas. Otros, lloramos por dentro en el choque silencioso de las miradas. Una idea nos obsesiona y puede más que las demás: ¡la guerra ha terminado! Pero sus canciones nos siguen cargadas de ecos melancólicos. Suenan a despedida. Pasamos Cerbere y acampamos en Banyuls. En la placita del pueblo, sentados en un banco, Luis descubre a Antonio Machado y a su madre. Nos miran con gratitud cuando les hablamos. Nos han prometido que vendrán a recogernos, dice don Antonio. Pero nadie sabe nada de nada. Observa mi capote militar y se lo entrego impulsivamente, como si así quisiera rendir homenaje a este gran poeta que tanto admiro. Lo junta a la manta que cubre los dos cuerpos, necesitados de más abrigo. Alguna palabra musitan, pero sólo percibimos la luz que pasa de unos ojos a otros, patéticamente tristes, buscando la tranquilidad de la despedida. Andando sobre la carretera llegamos a Port-Vendres. El éxodo congestiona el lugar.

Es el testimonio de Eulalio Ferrer (Eulalio Ferrer, Entre alambradas, Editorial Grijalbo, Barcelona, 1988), oficial del ejército derrotado que entonces contaba con diecinueve años, fugitivo como tantos otros militares y civiles, sobre el caos de la evacuación de republicanos a Francia, agravado por la desidia de la administración gala.

Enfermo, desnutrido, abatido y desamparado, Antonio Machado fallecía en el Hostal Quintana de Colliure el 22 de enero de 1939. Sean por siempre su cobijo lo días azules y el sol de la infancia.

La profesión de escribir

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Retrato de Salomé Guadalupe Ingelmo / Óleo sobre tela 46 x 38 / Colección particular

―¿Cómo puedes seguir viviendo tan tranquila? ¿Cómo puedes seguir escribiendo como si tal cosa?
―Escribir es lo único que sé hacer. Pero tú, ¿por qué pareces tan indignado?
―Y ¿cómo no habría de estarlo? Te han menospreciado y vilipendiado durante años. Primero dijeron que tus obras eran producto de la pluma de tu esposo. Más tarde, que de la de tu padre… Los mismos que las alababan mientras las creían fruto de las mentes de esos dos grandes hombres, las tachaban de pueriles al convencerse de que en efecto podrían ser tuyas. No comprendo cómo no has abandonado este mundo.
―¿Sabes cuántas mujeres han pasado por lo mismo antes que yo? ¿Tienes una idea de cuántas habrán de hacerlo aún mucho después de que yo descanse bajo tierra? Es una historia vieja cuanto el mundo.
―¿Y por eso hay que aceptarla?
―Yo no la acepto. De haberlo hecho, habría dejado de escribir hace ya mucho tiempo. ¿No crees? Al fin y al cabo, he pasado la vida aceptando cosas. Acepté la culpa por haber puesto fin a la vida de mi propia madre con mi nacimiento; acepté la decisión de mi padre de darme una madrastra a la que yo detestaba; acepté el suicidio de mi hermana Fanny; acepté el desprecio de la sociedad cuando decidí unirme a un hombre casado; acepté que el hombre al que amaba se hiciese amante de mi hermanastra Jane; acepté la muerte de la primera hija que tuve con él cuando era sólo un bebé; acepté enterrar a dos hijos más en Italia ―dice con un aplomo escalofriante―; acepté los caprichos de Percy, que me arrastró por media Europa; acepté también su muerte y ahora acepto la enfermedad… Me siento vieja y cansada. Creo que me he ganado el derecho de ser dueña de lo poco que me pueda quedar de vida. Esta anciana solitaria seguirá escribiendo hasta el final. Quizá sea ésa la única forma de hablar con los que ya no están presentes. Y de cuya partida puede que yo sea responsable. Pierdo cuanto amo y marchito cuanto toco. La muerte es muy celosa; no está dispuesta a compartirme con nadie. Por eso cuantos se me acercan demasiado peligran.

Salomé Guadalupe Ingelmo, “Vendrá la muerte y tendrá tu rostro”, en Siglo de sombras, colección Calabazas en el trastero 19, Editorial Saco de Huesos 2015, p. 111-115

Ángel Ganivet

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Retrato de Ángel Ganivet / Colección Casa Molino Ángel Ganivet de Granada
 
-Pero, amigo mío, si aquí no hace falta excavar profundamente; ni siquiera arañar en la superficie; si aquí está a flor de tierra la Prehistoria y basta abrir los ojos para ver ejemplares vivos del hombre primitivo, habitante de las cavernas. Yo no veo la necesidad de gastar nuestros escasos haberes en picos y azadones.

[...]

Curiosa es la psicología del pobre troglodita. Él no ve las cosas como son o como parecen. Antes de verlas así las ve en las sombras que se dibujan en el fondo de las cuevas. Una cueva es una cámara oscura, fotográfica, donde dejan huellas fugaces los seres que van pasando.
Y en el fondo de una caverna ha descubierto Platón la imagen más vigorosa de lo que es la idea humana. Así como el troglodita ve en las mudas paredes de su antro oscuro sombras que toma por realidades, mientras la realidad está fuera, así el hombre toma por verdades las musarañas que se forman en las misteriosas cavernas de su cerebro, mientras la realidad se ríe de él delante de sus ojos.
Y así como el pensador se exaspera cuando nota que sus castillejos ideales, por muy bien construidos que estén, se le vienen abajo apenas sopla la realidad con un hecho nuevo o discordante, así el morador de las cuevas se irrita cuando al salir de lo oscuro queda deslumbrado por la naturaleza viva, animada por la luz; y siente irresistible deseo de volver a su gruta destruyendo antes la realidad brillante que le agobia con su grandeza.
Un hombre que vive bajo tierra, está debajo de la realidad; y apenas sale a la luz es un destructor. En otros países se halla al hombre primitivo en los árboles o en las chozas lacustres: es hombre de paz; en nuestro suelo, quebrado y montañoso, hallamos al troglodita, al hombre falto de luz y enemigo de ella, al guerrero. El primer embrión de hombre español, en los tiempos prehistóricos, es un topo con garras.
Y al cabo de muchos siglos de civilización, el topo continúa «topeando». Hay aún trogloditas perfectos, no sólo en estas cuevas gitanescas, sino en lugares mucho más altos.

                                           Ángel Ganivet, “En el sacro monte. Trogloditas” (fragmento)

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